EL ÁNGEL DE MÁRMOL

El ángel de mármolSe paraba de pie, durante horas, observando aquellos perfectos rasgos cincelados por un preciso artista en una roca pura, fría y blanca. La mujer esculpida era delgada, estilizada, con curvas bien definidas pero sencillas y proporcionadas. Vestía una  larga túnica, también blanca, pues todo el conjunto estaba realizado en aquel etéreo material: uno de los mármoles blancos más puros del mundo. Lo único que desencajaba en aquella angelical escultura eran las enormes alas negras que salían de su espalda. Su rostro mostraba sabiduría, sinceridad y compasión, siempre y cuando no se viesen aquellas hermosas pero siniestras alas, que le conferían un tétrico aspecto cuando se observaba en su conjunto. Vista en su totalidad, aquella dulce cara se convertía en un rostro siniestro, indolente y aterrador. Resultaba casi como si estuviese esperando para hacer presa a aquel que la mirase durante mucho tiempo.

La angelical estatua de la Muerte la llamaban, y a Miriam le apasionaba. Día tras día se perdía en su extraña inmensidad, quedándose absorta en aquella etérea figura durante largos minutos cada vez que volvía del colegio, en aquella plazoleta de una calle abandonada.

Aquel perfecto ser, que debía haber sido en su momento la mitad de un conjunto de estatuas angelicales, se vio corrompida por un simple error humano, o eso es lo que siempre se pensó. Aquella mujer de mármol blanco, no era sino la mitad de una pareja de esculturas que nunca llegaron a su destino. Ella era el bien, clara y luminosa, mientras que su otra mitad, creada de la más pura de las obsidianas, era el mal, su contrapunto. Siempre se había dicho que aquel ser era una especie de ying y yan extraño, pues la parte oscura se perdió por el camino y nunca apareció.

Hacía años el ayuntamiento había encargado dichas estatuas para ponerlas en una bella fuente céntrica de la ciudad; una comunión entre el blanco y el negro, ambas al mismo nivel, que querían significar ambas partes del alma humana, según el artista que las esculpió. Unas impresionantes obras de arte que se transportaron en dos piezas cada una; por un lado el cuerpo y por otro las alas. Pero el cuerpo del ángel negro y las alas del blanco nunca aparecieron, por más que se buscaron. Fue por ello que no quedó más remedio que unir ambas partes restantes en una única obra de arte, que lució durante décadas en una plaza del centro, llegando a convertirse incluso en un extraño símbolo de la ciudad.

Una noche, sin embargo, algo horrible ocurrió. A pesar de la luz de la zona, del tráfico y el trasiego de personas, una chica murió al pie de la estatua sin llegar a saber nunca quién lo hizo. Ante su cadáver ensangrentado solo se encontró un trozo de obsidiana; mientras que la estatua (que con el paso de los años parecía haber envejecido) lucía brillante y con una sonrisa casi macabra que ponía los pelos de punta. Nunca se entendió el porqué del crimen, pero cuando los transeúntes pasaban a su lado la rehuían, rodeándola casi instintivamente.

El ángel,  aún así, siguió en su puesto, vigilando todo desde su elevado podio. Pero el tiempo hace mella en todo y la aprensión que la gente le tenía era más que obvia. Por ello la extraña figura se fue marchitando, perdiendo el brillo y casi aquella perenne sonrisa con el paso de los años. Era extraño, como si pudiese siquiera sentir algo. Si la mirabas a la cara se veía que su rostro reflejaba pena. Su historia pasó a ser la misma que la de un ángel caído. Debido a ello, la administración al final acabó quitándola de aquella céntrica plaza y relegándola a ser la oscura figura en una pequeña calle casi deshabitada, donde ahora residía con resignación

Aún a pesar de ello, Miriam la adoraba. Ni tan siquiera vivía en aquella calle, pero desviaba su camino diariamente para poder observarla, ensimismada. No debía tener más de quince años y la apariencia de aquel ángel ya la intrigaba. Le encantaba observar aquella figura desigual a la que muy poca gente se atrevía a acercarse. Su madre la reñía cada vez que le contaba que había ido a verla, y aunque siempre prometía no volver a hacerlo, nunca lo cumplía.  Por mucho que se lo propusiese, al día siguiente volvía a quedarse ensimismada delante de la estatua, que cambiaba cada día a ojos de la chiquilla.

Aquello llevaba ya sucediéndose tres años en los que, todos los días, Miriam anotaba cada uno de los cambios que se sucedían en el ángel. No contaba nada a nadie, pues sabía que nadie la creería, pero era incesante en su registro. Sabía que algo le estaba pasando a aquella mujer de mármol blanco: se estaba marchitando, envejeciendo. Su pecho se había caído, la sonrisa ahora era vaga y su figura lucía ahora encorvada.

El rostro, antes sabio, ahora se veía cansado y derrotado de cerca; pero de lejos, adquiría una expresión sádica, maquiavélica, que intrigaba y asustaba a la joven a partes iguales. Pero lo que más la impresionaba era que, al contrario que el mármol, aquella piedra negra de las alas parecía rejuvenecer. Cada día que pasaba, las alas y sus plumas eran más brillantes, más vívidas y reales.

Un día, pasando de nuevo por allí de vuelta a casa, vio en el suelo una de aquellas plumas de piedra negra. Aunque le extrañó que se hubiese caído, la cogió sin miramientos. En sus manos se notaba cálida, suave, como nunca había pensado que sería un trozo de roca, como una verdadera pluma. Decidió llevársela a casa y guardarla como un preciado tesoro. Había algo que la atrapaba.

Por la noche, al levantarse para ir a la cocina, volvió a mirar aquel extraño objeto, cuidadosamente guardado en una vitrina. La miró engatusada, sin poder apartar la vista, y observó asombrada que aquella piedra había cambiado. Ahora era una verdadera pluma, semejante a la de un gran pájaro negro. La cogió para corroborarlo,  y el leve peso que sintió y su suave tacto lo hicieron. Aunque extrañada, el sueño podía con ella; todo aquello podía ser solo su imaginación, por lo que dejó la pluma de nuevo en su sitio. Volvió a dormirse; al día siguiente iría a observar la estatua de nuevo.

Por la mañana un espeso manto blanco lo cubría todo. Era pleno invierno y la noche anterior había nevado como no lo había hecho en años. Su madre le prohibió salir de casa, por lo que tendría que esperar a que el temporal pasase.

Pasaron tres días más antes de que la chiquilla pudiese salir a la calle. Tres días en los que la curiosidad la carcomía por dentro; en los que cada mañana observaba la piedra dura, fría y magníficamente esculpida con impaciencia, mientras que por la noche veía cómo se convertía de nuevo en una suave y ligera pluma en sus manos.

Al tercer día Miriam ya pudo salir. Lo hizo corriendo, cual alma que lleva al diablo, nada más desayunar. Corría por las calles, aún con resquicios de nieve y hielo, pero cuando llegó frente a la estatua se horrorizó al ver su estado. La mayor parte de las plumas habían caído, dejando su huella en el suelo, quedando clavadas en el pavimento. La chica sin pensarlo volvió a casa a por una bolsa y, aún con el cortante frío, recogió cada una de aquellas brillantes piedras. Al ángel tan solo le quedaban unas diez plumas en las alas, dejando por ello una estructura desnuda y desprovista de todo encanto. Su aspecto era tétrico.

Apenas un mes después las alas ya no existían. Todas las plumas habían caído y su armazón se había ido deshaciendo poco a poco con el frío. Las negras piedras aguardaban su momento en el aparador de Miriam, perfectamente cuidadas y envueltas. No volvió a sentir deseos de ir a ver aquella perfecta estatua de mármol blanco. Ni tan siquiera pasaba por allí diariamente como antes. Era como si lo único que le importase fuesen aquellas plumas negras, que ahora tenía guardadas en su armario bajo llave.

Unas dos semanas después la joven oyó por casualidad que la estatua había desaparecido. Ni le importó ni le sorprendió, pero tenía la certeza de que no la habían robado, como postulaban sus vecinos. El robo era una explicación demasiado sencilla. Era natural que el ángel, una vez cumplido su cometido desapareciese.

Pasaron largos años sin que las piedras se separasen de ella. Las limpiaba, cuidaba y mantenía como el primer día. No permitía siquiera que nadie las viese. Miriam recordaba aún el envejecimiento de la mujer-estatua, y no quería que si lo contaba la tomasen por loca.

Una noche de lluvia y truenos cogió las plumas, las esparció por el suelo y se quedó observándolas, como si esperase que le hablasen. Cuando la mañana entró aquellas frágiles y suaves plumas se convirtieron en fría y dura piedra; fue entonces cuando a la mujer se le ocurrió lo que parecía la mejor idea nunca concebida: confeccionar un traje con aquella extraña materia prima. En unos meses se celebraría una fiesta a la que debía asistir, y quería dejar a todos boquiabiertos.

Cosía durante la noche y lo retocaba de día, encajando los trozos de roca sin descanso. Apenas durmió en tres semanas, al cabo de las cuales había tejido el mejor traje de noche nunca visto. Su brillo y esplendor la dejaron impresionada incluso a ella. Las plumas parecían frágiles y le daban un toque de distinción como nunca había visto.

Cuando llegó la noche de la fiesta estaba emocionada. El vestido sería lo último. Se maquilló, peino y engalanó todo lo que pudo. Aquella noche todo debía ser perfecto.

Estuvieron esperándola durante horas, pero nunca apareció. Lo único que quedó de ella fue una espectacular estatua de mármol blanco, con un exquisito vestido de plumas negras, a la entrada de su casa. Su cara, semejante a la de Miriam, mostraba la mayor satisfacción posible. Sus gestos, delicados y dignos, y la juventud que mostraba su cara eran envidiables. El traje parecía de alta costura y se le encajaba al cuerpo como un guante de seda.

La buscaron durante meses sin encontrarla, así que como recuerdo decidieron poner aquella estatua en una céntrica plaza de la ciudad.

Ainhoa Pastor Sempere

No os olvidéis de comentar. Muchas gracias por estar ahí y nos vemos en las sombras.
(Si queréis incluirlo en algún lugar o extracto, por favor, citad el blog y autora original)

 

2 reflexiones sobre “EL ÁNGEL DE MÁRMOL

  1. Historia bien trabada y que engancha. Enhorabuena.
    Sólo un comentario formal, a modo de sugerencia… justifica el texto (alineación) y separa un poco el interlineado. La lectura será más cómodo y la imagen un poquito más cuidada.
    Un saludo y gracias por compartirlo

    1. He pensado en ello, pero es que WordPress (al menos mi plantilla) tiene unos formatos de escritura raros y no me apaña demasiado ninguno. A ver si aguno de estos días sigo trasteando y consigo cambiar el interlineado y el tipo de letra, que tampoco me apaña demasiado. Gracias por el consejo. 😉

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