EL ATRAPASUEÑOS

AtrapasueñosDormía plácidamente en su cama, con una bella sonrisa que hacía que mi marido y yo suspirásemos de amor. Era nuestro niñito. Tres años tenía y ya era todo un hombrecito. Ahora que su hermanita había nacido se encontraba un poco desplazado, pero era inevitable, la niña necesitaba cuidados continuos con apenas tres meses de vida. Era por ello que cada noche remoloneaba para no irse a la cama, quedarse un rato más viendo la televisión haciéndonos compañía. Solíamos permitírselo, pues era el único momento del día que teníamos para estar los cuatro juntos, el único en el que su hermana se mostraba tranquila.

A diferencia de su hermano Miguel, Mónica había salido una niña asustadiza y llorona. Se ponía nerviosa por cualquier cosa. El más mínimo sonido estridente la horrorizaba y estallaba en llanto ante cualquier sombra. Al contrario que ella, Miguel siempre se había mantenido calmado, dormía hasta altas horas sin importar el ruido o la luz que entrase por las rendijas de las persianas y parecía no mostrar signos de miedo infantil alguno. La oscuridad, los truenos, los rayos o incluso estar solo en una habitación, no parecían producirle el más mínimo rechazo.

Aquella noche habíamos vuelto de una feria de artesanía organizada por el ayuntamiento para las fiestas del pueblo. Los puestos eran muy variados, con comidas y bebidas típicas de diversos países, decoración, bisutería, artilugios y juguetes para niños. En la plaza vi un puesto que me llamó la atención. En este vendían pulseras, collares y pendientes multicolores hechos a mano, además de unos preciosos atrapasueños. Desde siempre, me había fascinado la historia que hay detrás de estos objetos, según la cual podían capturar las buenas ideas y pensamientos y eliminar las pesadillas y malos sentimientos. Además, los vivos colores de aquellos que había frente a mi me encantaron, razón por la cual decidí comprar tres, uno por cada habitación de la casa, que colgué nada más llegamos.

A la mañana siguiente fui a despertar a Miguel, para que se preparase para ir al colegio, pero no lo encontré en su cama. Lo busqué en el baño, la cocina y el salón, pensando que ya se habría levantado, pero tampoco di con él. La puerta de casa seguía cerrada con llave, por lo que no podía haber salido, de modo que lo busqué en la habitación de su hermana, el único lugar que aún no había mirado. Allí lo encontré, abrazado a ella, como un escudo protector. Me pareció una perfecta estampa.

Lo zarandeé suavemente y se despertó de golpe. Sus ojos estaban inyectados en sangre, como si no hubiese dormido una sola hora. Su mirada era errática al principio, horrorizada más tarde y su expresión agresiva. Me sobresaltó sobremanera. Cuando logró reconocer quién era yo y dónde se encontraba él, pareció calmarse y volvió su expresión normal. Le pregunté qué hacía allí y lo único que supo contestarme fue Atrapasueños. No lo entendí, pues señalaba la puerta de la habitación, de modo que le corregí y le señalé el atrapasueños que compré la noche anterior, colgado a la cabeza de la cuna de Mónica. Él negó con la cabeza y volvió a repetir Atrapasueños señalando la puerta. Le dije que ahí no había nada y le pregunté por qué estaba en la habitación de su hermana.

  • Estaba llorando. Tiene miedo. El atrapasueños- contestó.

Le dije que no mintiese. La niña no había llorado en toda la noche, pues el vigilabebés no había emitido sonido alguno. Me contestó que no mentía, por lo que me enfadé y lo insté a prepararse para ir a la escuela.

  • No quiero ir- me contestó señalando a su hermana.

Aún así lo obligué a ir a vestirse, cosa que hizo a regañadientes. Aún con ojeras y cara de absoluto cansancio, Miguel fue al colegio. No iba a permitir que mintiese e hiciese lo que le viniese en gana.

Aquella noche Miguel no remoloneó para irse a la cama. Estaba tan cansado que se acostó pronto y se durmió casi al instante. Aquella noche mi marido y yo dormimos a pierna suelta.

Por la mañana Miguel volvía a estar fuera de su cama. Fui directamente a la habitación de la niña, pero allí no estaba ninguno de los dos. Los encontré sentados en el sofá, Mónica dormida en brazos de su hermano, que permanecía despierto, con los ojos como platos y enrojecidos nuevamente. Enfadada le pregunté por qué había sacado a su hermana de la cuna.

  • El atrapasueños. Mónica lloraba y yo quería cuidarla. Él es malo- respondió como pudo.-Realmente me asusté.

Le cogí a la niña de los brazos, le hice acompañarme a su habitación y señalando el atrapasueños colgado del cabecero de su cama le dije:

  • ¿Este atrapasueños?. Él negó y señaló esta vez su armario.

Abrí la puerta. Mientras, Mónica lloraba y él empalidecía. Pero allí no había nada más que ropa. Me tranquilicé, pero Miguel seguía clavado al suelo, señalando aquel lugar y repitiendo El atrapasueños. Lo cogí de un hombro y salió de aquel estado. Aquel día también lo obligué a ir al colegio.

Durante el día hice limpieza, comprobando que no hubiese nada extraño en casa. Comprobé también el vigilabebés, que seguía funcionando sin problemas. Aquello hizo que me preocupase aún más por la actitud de mi hijo. Por ello, decidí quitar los atrapasueños de las dos habitaciones. Tal vez habíamos encontrado aquella cosa que hacía perder los nervios a Miguel, aquello que lo aterraba, y no quería hacerlo sufrir más. Aún así, todo aquello podría no ser otra cosa que un intento de que le prestásemos atención, pero no quería arriesgar nada.

Aquella noche a todos nos costó más de la cuenta dormirnos. Hacía muchísimo calor y ni tan siquiera los ventiladores eran capaces de eliminar el bochorno.

Mónica respiraba con fuerza a través del vigilabebés. Mi marido roncaba pesadamente. Y yo me encontraba en un estado de duermevela incómodo. Tal vez por ello escuché abrirse la puerta de mi habitación. Me incorporé un poco y vi recortada al trasluz una pequeña figura, que mantenía los brazos pegados al cuerpo. Miguel parecía una estatua. Le dije que pasase, pero negó con la cabeza y señaló a la habitación de su hermana, murmurando entre dientes –El atrapasueños. Mónica llora-. Tras esto, se dio la vuelta y se marchó. El vigilabebés seguía emitiendo el mismo sonido de tranquilidad y con la puerta abierta no escuchaba llorar a Mónica, pero aún así la actitud del niño me asustaba. Me levanté a ver qué ocurría. Miguel estaba de pie frente a la habitación de su hermana, clavado como un palo. Miraba fijamente la puerta y cuando me acerqué la señaló y murmuró

  • El atrapasueños. Mónica está asustada- dijo en un murmullo, mirando y señalando fijamente la puerta.
  • Cariño, los atrapasueños los he quitado- contesté antes de entrar a la habitación. -Ya no debes tener miedo-.
  • Él es malo. Él me asusta y a Mónica también– contestó, girando la cabeza y mirándome fijamente con los ojos como platos y una extraña sonrisa.

Era la primera vez que le oía decir que algo lo asustaba.

Abrí la puerta de la habitación. La atmósfera era pesada, mucho más de lo debido aún con el sofocante bochorno de la noche. Pero no fue aquello lo que me asustó, sino ver a Mónica pataleando, gritando sin emitir apenas sonido alguno, como si pretendiese quitarse de encima a alguien que no conseguía ver. La cogí en brazos inmediatamente y estalló en llantos. Al intentar consolarla observé que en la espalda tenía dos arañazos, un poco profundos, que no pude identificar cómo se los había hecho.

  • Ves mamá. El atrapasueños. Yo tenía razón.- susurró Miguel.

Estaba tan nerviosa que estuve a punto de darle un bofetón, pero me contuve, el niño no tenía la culpa. Se me habían puesto los pelos de punta. Fue entonces cuando me di cuenta que no eran los objetos lo que asustaba a mis niños y quería averiguar qué lo provocaba.

Tras coger a la niña desperté a mi marido, explicándole lo sucedido. Intentó calmarnos, asegurándonos que la niña podía haberse herido con algún juguete durante el día. Yo sabía que no era así, pues pasaba todo el día con ella, pero no quise insistir. Quería mostrarse fuerte, pero también parecía tan asustado como yo. Aquella noche apenas dormimos.

Durante el día abrí armarios y cajoneras buscando aquello con lo que podía haberse herido Mónica. No encontré nada a su alcance para ello. Me pasé el día con la niña en brazos, asustada de dejarla sola un solo momento.

Por la noche no quise acostar a los niños en sus habitaciones, pero mi marido me convenció, alegando que aquello no era más que una pataleta. Aquella noche Miguel también estaba nervioso. Los acosté a ambos y me fui a dormir junto a mi marido. Cuando escuché su pausada respiración y los suaves ronquidos, que confirmaban que había caído en un profundo sueño, me levanté y fui a oscuras a la habitación de Miguel. Mi sobresalto fue mayúsculo cuando lo vi frente a la puerta de su habitación, de nuevo con la mirada perdida, susurrando –El atrapasueños. El atrapasueños está aquí. Me asusta el atrapasueños-.

Abrí la puerta de golpe. La estancia estaba completamente oscura. Cuando fui a encender la luz mi hijo me detuvo con un grito -¡No, se enfada!-. No me atreví a encenderla. Nos fuimos a la habitación de Mónica, que esta vez dormía plácidamente. No se despertó al cogerla en brazos. La acaricié, cogí de la mano a Miguel y me los llevé al salón. Aquella noche dormimos entrecortadamente en el sofá.

Por la mañana mi marido y yo discutimos. No le gustó que cogiese a los niños y los acostase conmigo. Me acusó de tener un comportamiento infantil. No veía o no quería ver que nuestros hijos estaban realmente asustados. Ni quise contestarle. Al fin y al cabo no fue él quien se pasó la noche escuchando a Miguel decir No, no.

Por la noche me acosté junto a Miguel. Si mi marido se quería dormir enfadado, era culpa suya. Pero antes de dormir revisé cada zona de la habitación. No encontré nada extraño. Al acostarnos nos dormimos profundamente durante unas horas, hasta que un continuo golpeteo despertó a Miguel. Se revolvió nervioso en la cama y se incorporó, despertándome, mientras él clavaba fijamente su mirada en la ventana. Cuando giré la cabeza en esa dirección un escalofrío recorrió mi cuerpo. Allí había una sonrisa. Una sonrisa malévola, con dientes afilados. Una sonrisa triunfante y llena de placer que desapareció con la brisa.

Abrí la ventana, muy asustada. No había nada más que la bruma debida al calor y la humedad. Miguel ya no estaba en la habitación. Fui al cuarto de Mónica y lo que vi me dejó helada. La niña estaba morada y la sonrisa dentada aparecía de nuevo en la ventana, relamiéndose. Pero esta vez conseguí verle los ojos, amarillos y llameantes, que me observaban fijamente, desafiándome. Me quedé paralizada. Recordaba aquellos ojos. Ahora recordaba aquella sonrisa diabólica. El por qué de que yo tuviese sendas cicatrices en la espalda y algunas en los brazos. Por poco dejo caer a Mónica al suelo. Miguel la sujetó mientras yo intentaba no desmayarme. No lo conseguí.

Al despertar estaba rodeada de mi marido y mis dos hijos. Mi marido, preocupado, me preguntó que cómo me encontraba, a lo que yo tan solo pude responder: El coco. El coco. Aquella mirada. Aquella sonrisa. Sus garras afiladas sonando en el suelo de mi habitación, cuando era niña. Yo escondida bajo las sábanas, deseando que saliese el sol, su único enemigo. A veces bajo la cama, a veces en el armario y a veces solo como un espectro. Disfrutaba atormentándome. No era más que una niña. Nadie me había hecho caso nunca y con el paso de los años se me había olvidado aquella mala experiencia. Lo que Miguel llamaba El atrapasueños no era otra cosa que El coco. Se escondía de mi. Me perseguía, para algún día poder cumplir sus propósitos.

Aquella noche no dormimos en casa. Nunca más dormimos en aquel piso. Rezaba porque, con el octavo cambio de residencia, no fuese capaz de encontrarme. Pero nada ni nadie podía asegurarme que eso iba a ser así.

Ainhoa Pastor Sempere

No os olvidéis de comentar. Muchas gracias por estar ahí y nos vemos en las sombras.
(Si queréis incluirlo en algún lugar o extracto, por favor, citad el blog y autora original)

 

3 reflexiones sobre “EL ATRAPASUEÑOS

      1. Cuando me gusta lo que leo me siento en la obligación de agradecerlo. Tú te esfuerzas por ofrecernos unos relatos más que dignos, nosotros te enseñamos cómo nos han hecho disfrutar.
        Un saludo

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