EL CLARO DEL BOSQUE

El claro del bosqueEra noche cerrada y las estrellas brillaban en el cielo con una luna apenas visible. Llevaba ya bebidas tres jarras de vino, con los sentidos muy embotados, pero el tan ansiado sueño no llegaba. Ella creía que la bebida le ayudaría a mitigar sus males, pensaba que conseguiría ahogar sus angustias en una copa bien llena de aquel dulce licor, rojo como la sangre que, ya reseca, lucían sus manos y su ropa. No se acordaba de qué había hecho, pero tampoco se atrevía a levantarse del sillón para averiguarlo. Sentada como estaba delante de la lumbre se sentía protegida, porque un extraño sexto sentido le advertía que lo que acababa de hacer no estaba bien, que no iba a salir indemne.

Poco a poco, un profundo sopor fue haciéndose dueño de su cuerpo, hasta que la sumió en un sueño intranquilo. Al día siguiente, al despertar, se sintió fresca y liviana como nunca se había sentido. Extrañamente no tenía dolor de cabeza debido a la resaca, no se encontraba cansada y una grata sensación de paz y alivio la recorría de pies a cabeza. Era como si flotase; inmediatamente descubriría por qué.

Se movía, eso lo notaba. Percibía sus pies al caminar, sus brazos al balancearse, por eso estaba tan desconcertada. Su cuerpo, tumbado en el sofá donde se había dormido la noche antes, seguía frío e inerte. Aquel era su cuerpo, pero ella no estaba dentro. Se horrorizó. Se movía con ligereza, como si no pesase nada. Pero cuando se vio ante el espejo se dio cuenta que ya nunca volvería a hacerlo. Nunca volvería a caminar, a oler el olor de las flores recién cortadas ni a notar la brisa sobre su piel. Ahora su cuerpo era etéreo, fantasmal, pertenecía a otro mundo.

Su espanto aún fue mayor cuando vio a decenas de pequeñas criaturas rondando su cadáver. La cogían en volandas y se la llevaban fuera de la casita de campo. Mientras, ella estaba quieta, sin saber qué hacer. Un segundo después uno de aquellos seres (un duende o un hada) le indicó que los siguiera. Y lo hizo, sorprendida de que ellos pudiesen verla en su nueva condición de espíritu.

La guiaron, junto con su cuerpo, a un claro de un bosquecillo cercano. La hicieron sentarse en una piedra, poniéndose todos en círculo delante de ella; y justo en el centro colocaron el frío cuerpo. La luz del sol se escurría entre las hojas de los árboles, mientras los seres cantaban.

Tras unos minutos, casi de la nada, apareció una mujer con un vestido verde vaporoso y unas bellísimas alas blancas. Era un hada como las que salían en los libros que a ella tanto le gustaban; parecía la reina de la comitiva, pues todos se arrodillaron, un gesto que ella copió inclinando la cabeza. La esbelta figura le levantó el rostro y la miró directamente; en sus ojos solo vio vacío y oscuridad. Una sensación agobiante la paralizó, pues tras aquella hermosura solo había caos, terror y miedo; pero cuando comenzó a hablar, con una voz clara y atractiva, narrando toda la historia que le concernía a ella y a todos sus siervos, quedó hipnotizada por el dulce tono, un hechizo en el que debía ser experta.

 

Hacía ya dos meses que cinco amigos estaban de ruta por un país que no conocían. Acampaban con tiendas donde podían y sufrían las inclemencias del tiempo con bastante buena cara. Aquello les encantaba, pues era una experiencia única que sabían que tal vez nunca se volvería a repetir. Un país lejano, con una cultura y costumbres diferentes y unos paisajes únicos que les proporcionarían unos de los mejores momentos de su vida. Volverían a casa enriquecidos y con otra visión de todo y, al menos en parte, no estaban equivocados. Por ello, aquella noche oscura y lluviosa, que sufrían con resignación no pareció quitarles el ánimo.

Hacía  varios días que habían planeado llegar a donde estaban y, a pesar de que lo habían hecho con retraso, no podían estar más dichosos. A la mañana siguiente se iniciaba un nuevo año. Esa noche era treinta y uno de diciembre y pensaron que no había mejor modo de pasarlo que cerca de aquel bosquecillo, con unas pequeñas ruinas, que todos consideraban encantado. Nadie solía acercarse allí, y mucho menos aquella víspera, cuando  (según la costumbre de la comarca) los espíritus y bestias del inframundo salían de sus escondites para atormentar a los vivos, celebrando todo tipo de bacanales.

Era costumbre que, durante esa noche, las gentes de la zona cenasen en casa con sus allegados, contando historias de hadas; siendo muy pocos los que salían de casa más tarde de la medianoche. Los cinco amigos, jóvenes, extranjeros y que consideraban aquello puras supersticiones, querían pasar la noche tan cerca de aquel lugar como pudiesen. Por ello, montaron las tiendas, encendieron una hoguera y comieron y bebieron hasta casi perder el sentido. Querían celebrar por todo lo alto esa Nochevieja los cinco juntos, con el cielo plagado de estrellas y una luna apenas visible sobre sus cabezas; una experiencia que que nunca más repetirían. En ese momento no sabían lo cierto que iba a ser aquello.

Eran más de las doce de la noche y ya un año nuevo se abría paso. Con los efluvios del alcohol no se dieron cuenta que una tenue luz, un resplandor apenas, se abría paso entre los árboles. Al percatarse se giraron anonadados. Una mujer alta, ataviada con una camisa blanca manchada, unos pantalones negros raídos y unas sucias botas altas se acercaba a ellos. Observaban a la desconocida con asombro, quien les devolvía una intrigante mirada. Se acercaba a ellos, que absortos como estaban no retrocedieron, y se sentó en una piedra, empezando a hablar con voz melódica. Los chicos se miraron y, realmente sin entender lo que decía, asentían a cada cosa. La observaban fijamente y con curiosidad.

  • ¿Por qué esas miradas de asombro? ¿Queréis saber por qué está manchada mi ropa? ¿Queréis saber mi historia? -Los cinco chicos asintieron. -Entonces guardad silencio… y que corra el vino.

Siete días después un pastor que llevaba a pastar a sus cabras encontró los cadáveres de los cinco chicos. Estaban en el claro de un bosquecillo, colocados en el centro de un círculo hecho con piedras, sucios, mugrientos, con los primeros rasgos de descomposición, pero ni un signo de lucha. La policía declaró muerte por envenenamiento de hongos, pero los pueblerinos sabían que aquella no era la verdadera causa de sus muertes.

 

Aquella noche, la pareja de exploradores que llevaba todo el día caminando, vio aquel pequeño claro en el bosque como una salvación. Allí pensaron que podrían descansar; pasar la noche y seguir su camino al día siguiente. Cenaron tranquilos las pocas provisiones que aún les quedaban, pero justo cuando iban a irse a dormir, aparecieron las figuras de cinco chicos, mugrientos y con los ojos brillantes ante ellos. La pareja quedó hipnotizada al instante. Les ofrecieron comida, que los chicos rehusaron, sentándose cada uno en una piedra. Entonces uno de ellos preguntó: ¿Queréis que os cuente nuestra historia?

Ainhoa Pastor Sempere

No os olvidéis de comentar. Muchas gracias por estar ahí y nos vemos en las sombras.
(Si queréis incluirlo en algún lugar o extracto, por favor, citad el blog y autora original)

 

2 reflexiones sobre “EL CLARO DEL BOSQUE

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