HERMENEGILDO

HermenegildoPorque ya hacía tiempo que no aceptaba un reto y me apetecía escribir un microrrelato. Aquí está uno de los tantos retos que Raquel Marin me propone. Por supuesto, relacionado con la comida. Algo muy típico de ella. Solo tres conceptos: Hermenegildo, bocadillo de atún y mayonesa son los necesarios para crear un buen micorrelato, o al menos intentarlo. Sé que aún tengo varios retos por cumplir. Los iré haciendo poco a poco. De momento os dejo con “Hermenegildo”.

Disfrutaba cada bocado con fruición. Se relamía con las gotas de salsa que le caían de la comisura de la boca. No podía estar más feliz. Los bocadillos de atún y mayonesa siempre le habían encantado. Su madre, su difunta madre, siempre se los preparaba con amor. Aquel era uno de los pocos buenos recuerdos que aún guardaba de su infancia. Luego vinieron las palizas, las vejaciones y los abusos. Después de su muerte vino el infierno. Sus abuelos se hicieron cargo de él y fueron los encargados de educarlo. Una educación que nunca fue tal. Una infancia marcada por el odio, el rencor y el miedo. Sobretodo el miedo. Y lo que más rabia le daba era llamarse como su abuelo. Aquel horrible nombre. Ese nombre anticuado, que él asociaba con un hombre duro, austero y muy muy severo. Un nombre, Hermenegildo, que odiaba con todo su ser.

Pero en ese momento era feliz. Estaba exultante mientras empezaba el segundo bocadillo. El atún le había dejado un regusto dulce que le encantaba. Pero aún disfrutaba más este segundo, tan rosado, tan bien hecho. Nunca le había gustado la casquería, pero debía admitir que la que ahora estaba probando estaba bastante buena. Los sesos de cordero eran una exquisitez que su abuela preparaba y que él nunca había podido probar. Solo el olor le daba arcadas. Pero debía admitir que los sesos de su abuelo estaban muy buenos. Recién hechos, con aceite y ajo, sabían a gloria.

Su abuela lo miraba encantada. Por una vez en años él había decidido cocinar. La extrañó, pero la hizo sentirse orgullosa, pues había preparado su plato favorito. Hermenegildo sabía que su abuela adoraba los sesos. No sabía por qué, pero eran una delicia para aquel viejo y cascado paladar. Él siempre había pensado que era porque eran baratos. Su abuela no se destacaba por ser la persona más generosa del mundo. Pero ahora que la veía comerse los de su marido, debía admitir que su cara de felicidad lo sorprendía.

No sabía qué iba a hacer con el cuerpo de su difunto abuelo Hermenegildo. De momento lo tenía guardado en el sótano, a la espera de un veredicto. Su abuela no tardaría en unirse a él y quería que ambos descansasen en paz en el infierno que les esperaba tras la muerte. O al menos así esperaba que fuese. Los odiaba tanto que sabía que aquel era el único destino que podía esperarles.

Ainhoa Pastor Sempere

Muchas gracias por estar ahí y nos vemos en las sombras.
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2 reflexiones sobre “HERMENEGILDO

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