JUVENTUD, BELLEZA Y SANGRE

Juventud, belezay sangrePorque las historias que más miedo dan son aquellas que, con certeza, pasaron en la realidad. Al menos una parte. Aquí va un relato basado en una historia real.

Hungría, año 1605 de nuestra era. Natasha Bruniack se incorpora como la nueva criada de la señora Bathory en el castillo de Cachtice. No es la primera y la aterroriza pensar que no será la última. En los últimos meses, tres jóvenes criadas habían pasado por aquel inmenso castillo. Y, durante los años que había estado gobernando el condado de Ecsed, muchas habían desaparecido o muerto en extrañas circunstancias.

La señora, viuda desde hacía un año, tenía muy mala fama en todo el condado. No dudaba en sustituir con prontitud a todas las jóvenes que morían, según muchos, a sus manos. La déspota o Señora Infame la llamaban la mayoría. Y, aunque nadie sabía con exactitud cuándo había empezado aquel suplicio, desde que ella y su marido comenzaron a vivir en Cachtice, el horror se había apoderado del condado. Natasha era su nueva adquisición.

Una chiquilla de dieciséis años: piel blanca, pelo largo, cobrizo, ojos castaños y sonrisa delicada y fácil. Una joven que, sin suerte, había rezado a Dios por no ser la siguiente en la lista de sus sirvientas. Una chica de las más hermosas del pueblo. Las únicas que la señora Bathorty tenía en cuenta para poner a su servicio. Elisabeth a llamó y Natashano pudo negarse. El castillo de Cachtice la esperaba. Un lugar, sombrío y apartado de la civilización, que se alzaba solitario como una mole de piedra amedrentadora.

El enorme castillo parecía un agujero negro que absorbía todo lo bueno. Incluso la luz que lo rodeaba parecía atenuarse a su alrededor. Era un ambiente sofocante, denso y tenebroso el que lo rodeada. El bosque que lo delimitaba parecía estar habitado por seres sobrenaturales. Seres que adoraban a la señora Bathory. Y el viento que corría entre las ramas de los inmensos árboles parecía murmurar una continua letanía como acompañamiento.

El día no era nada halagüeño. Natasha había sido llamada en pleno invierno, cuando los caminos estaban casi colapsados por la nieve. A esas alturas del año era normal que se produjesen más muertes debido al intenso frío. Al menos lo era en cualquier otro condado de Hungría. Pero no allí, no en Ecsed. Y menos aún desde que la familia maldita se había instalado.

Los Bathory estaban predestinados, según decían muchos, a una vida de males y horrores. Males que esparcían sobre todo aquel que se acercase demasiado. Erzsébet, o Elisabeth como la llamaban los paganos occidentales, era la última Bathory de Cachtice. Sus hijos habían abandonado el lugar hacía años. Y, desde que su marido muriese, las historias que de ella se contaban aún eran más nefastas. Natasha no quería aquel trabajo, pero sabía que no tenía opción. Su familia necesitaba el dinero para subsistir.

El viento rugía con fuerza y la hacía tambalearse. Iba a pie, pues los ingresos familiares no le permitían arrendar una montura. Y Erzsébet tampoco pensaba ayudarla en eso. El frío era cortante. Y el camino hacia el castillo muy  duro. Tras unos penosos kilómetros expuesta a las inclemencias del tiempo, Natasha llegó a la muralla que rodeaba Cachtice. Nadie la recibió.

Caminó hasta la enorme puerta de entrada, a la que llamó con insistencia un par de veces. Tras unos minutos de espera le abrió un hombre mayor, envejecido y desgastado por los años, con expresión cruel en el rostro. Ficzkó se llamaba. Mayordomo fiel de la señora, era una de las pocas personas que había soportado vivir bajo sus normas. La miraba de arriba abajo. Clavaba su fría mirada en los oscuros ojos de Natasha. No dijo nada. Solo hizo un débil gesto para que pasase al interior. En el interior, le tocó sentarse en un incómodo taburete de madera nudosa. De momento solo debía esperar, y aún así, nunca había estado tan asustada.

A pesar de estar guarecida del mal tiempo, Natasha estaba helada. El ambiente dentro del castillo era frío, oscuro e impersonal. Los grandes ventanales estaban cubiertos por gruesas cortinas rojas que daban un toque sangriento a la estancia. Unos grandes cuadros mostraban distintas personas de la familia retratadas en posiciones heroicas forzadas. El que más llamaba la atención, sin duda, era el inmenso retrato de Ferenec Nádasdy, el marido de la señora. Incluso en aquello era Elisabeth implacable. Había hecho que al casarse él adoptase el apellido Bathory y no al contrario, algo inusual para la época.

Tras unos minutos que le parecieron eternos, apareció ante ella Elisabeth Bathory. Mujer de estatura media y porte regio, mostraba una dura impasividad en el rostro, que ocultaba un carácter feroz. Sus oscuros ojos, la melena castaña y los labios rojos la hacían no parecer humana. Natasha volvió a sentirse observada. Como si de un exquisito producto se tratase, Erzsébet la miró de arriba abajo con fruición. Fue a partir de aquel momento cuando empezó a temer por su vida.

Al lado de la señora aparecía recortada una pequeña figura. Era una joven de pelo corto, pelirrojo, ojos verdes y mirada perdida. La otra única ayudante que Elisabeth tenía en ese castillo: Katryna. Esta miraba a Natasha entre asustada y deleitada. Una mirada que Natasha no supo muy bien cómo tomarse. Una débil advertencia que no supo descifrar. Con el tiempo llegaría a comprender el miedo tras aquellos ojos. El pavor que Erzsébet dejaba impreso en casi todos con los que trataba.

La señora la puso a trabajar apenas una hora después de su llegada al castillo. Tras una breve entrevista y sin apenas una explicación de sus deberes. Lla pobre chica aún no sabía lo qué se le venía encima. Aunque poco a poco se fue haciendo a la idea.

Los días pasaban y Natasha cada vez estaba más cansada. Erzsébet no la dejaba ni a sol ni a sombra. Por mucho que la joven se esforzase, la señora siempre encontraba algún error que reprocharle. Todas las noches se acostaba mucho después de medianoche. Y por las mañanas se levantaba siempre antes de la salida del sol. Parecía que ella sola hacía todas las tareas de casa. En ningún momento había visto a Katryna hacer nada más que seguir a Elisabeth allí a donde fuese. Donde la señora se encontrase, Katryna estaría detrás.

Era como una sombra que se ocupaba única y exclusivamente de sus necesidades personales. Pero aquello no era lo que más la escamaba, sino el aspecto de la chica. Siempre estaba blanca como la nieve, caminaba en pos de Elisabeth y arrastraba los pies, sin fuerza para nada más. Debido su aspecto, Natasha empezó a temer que los rumores que de la señora se contaban eran ciertos. La debilidad de Katryna era visible. Y Natasha había visto unas pequeñas cicatrices y heridas alargadas en el dorso de los brazos. Sin duda, unos cortes limpios que no eran debidos a accidentes azarosos.

Natasha era una chica acostumbrada a trabajar duramente, por ello no profería ninguna queja. Aún a pesar de la escasa alimentación y el continuo frío del castillo. Hacía su trabajo lo mejor que podía y no se compadecía por carecer de ayuda. No eran el esfuerzo lo que la amedrentaba. Ni el cansancio o el agotamiento. Con el paso de los meses se dio cuenta de que había otra cosa que la asustaba. Otra cosa que le ponía los pelos de punta: las amistades de su señora.

Odiaba los días en los que sus amigas venían. La aterraba sobremanera aquel momento en el que cruzaban el umbral de la puerta. Se dio cuenta de que, muchas veces, ni tan siquiera su señora era capaz de asustarla tanto. Imbuir miedo en los demás era el placer de sus amigas. Mucho más, incluso, del que la propia Bathory sentía y disfrutaba. Una vez. Una sola vez por semana venían a pasar la tarde. Solo con esas horas, Natasha ya tenía pesadillas.  Dorotea, Helena y Piroska eran sus más leales seguidoras.

Las tres mujeres: mayores, encorvadas y apoyadas en estilizados bastones, vestían caros y oscuros vestidos de la mejor calidad. Se parecían tanto entre sí que, en otras circunstancias, hubiese sido difícil distinguirlas. Dientes picados, algunos sustituidos por implantes de oro, les daban una apariencia de siniestras pordioseras. Cabellos perfectamente peinados, tan grises como las nubes de tormenta. Ojos profundos y siniestros. Piel apergaminada. Todo ello les daban una apariencia de viejas brujas de un reino lejano. Eran mucho mayores que Erzsébet, aunque esta se integrase perfectamente en aquel grupo.

Cuando las tres mujeres se presentaban en el castillo Natasha sentía un pavor instintivo que la conminaba a huir. Cuando las acomodaba ante la inmensa chimenea del salón principal, ellas la observaban como si fuese un objeto más de decoración. Le espetaban insultos en cuando tenían oportunidad, y le fataban al respeto sin miramientos. Siendo Erzsébet la primera en unirse al juego. Natasha sufría con entereza esos improperios. Lo que no podía soportar eran las miradas siniestras y lujuriosas que le dirigían. Cada vez que sorprendía a alguna mirándola de aquella forma se le hacía un nudo en la garganta.

Eran aquellos días los únicos en los que Katryna se separaba de la señora Bathory. Al igual que Natasha, la joven ayudante no soportaba la compañía de esas tres mujeres. Pero Natasha pudo ver que el sentimiento de odio hacia ellas iba más allá en la chica. Las pocas veces que consiguió hablar con Katryna, vio que ella realmente temía por su vida cuando las cuatro mujeres se juntaban. Eran extraños rituales lo que llevaban a cabo. Extraños ritos de los que mñas adelante tendría noticia.

Elisabeth Bathory realmente era una déspota. Pero según pudo comprobar, Dorotea, Helena y Piroska eran mucho peores. Cuando Natasha las escuchaba a hurtadillas mientras les servía las pastas, las historias que contaban le ponían los pelos de punta. El desprecio por sus siervos era tal que llegaban a tratarlos como a simples animales. En el pueblo se contaba que aquellas tres mujeres habían hecho un trato con el demonio. Que eran sus más fieles servidoras. Unas brujas sin piedad que cazaban y mataban a los de su propia especie.

Natasha pensaba que era tal vez por eso que cuando las tres mujeres aparecían por la casa, Katryna hacía lo posible por desaparecer. En esos momentos temía que permaneciendo demasiado tiempo en Cachtice ella también se convertiría en un espectro semejante al que en esos momentos era su compañera. Pero no se daría cuenta hasta tiempo después del verdadero motivo por el cual Katryna intentaba huir de ellas.

A pesar de su ya avanzada edad, la señora Bathory tenía una piel firme, suave, blanca y tersa. Como si fuese una joven doncella recién casada. Pero su mirada era profunda, fría y sin apenas sentimiento, cosa que delataba algo malo, intrínseco en su ser. Era aquello lo que escamaba a casi todos con los que tenía contacto.

Durante años se había dicho que la señora había encontrado un siniestro y profano método de conservar su belleza para siempre. Se decía que ejecutaba atractivas mujeres y se bañaba en su sangre, para adquirir la naturaleza intrínseca de la juventud. Natasha sabía que su señora era una persona profana, muchas veces errática y sumamente extraña, pero nunca creyó que su locura llegase hasta tal punto. Sabía de sus malos tratos a su personal. Incluso los había tenido que vivir en propias carnes. Pero aún así no la veía capaz de semejante atrocidad. Eran los días en los que Dorotea, Helena y Piroska aparecían por Cachtice cuando todas aquellas dudas volvían a presentarse.

Eran también aquellos días en los que Katryna solía estar más débil e irascible. Durante todo aquel tiempo sus reuniones no habían pasado de simples conversaciones, rezos en extraños idiomas y fumar sustancias estupefacientes. O al menos eso era lo que ella quería creer. En esas sesiones Erzsébet ordenaba que no se las molestase bajo ningún concepto. Y, lejos de desobedecerla, Natasha permanecía alejada del salón tanto tiempo como podía. Pero no solo por eso, sino también por los intensos aullidos que salían de aquella sala y lle helaban la sangre.

No sabía exactamente la causa de ello, pero cuando varias horas después volvía a ayudar a su señora a salir del trance en el que la habían imbuido los opiáceos, no veía nada extraño, ni tan siquiera un jarrón fuera del sitio. Tan solo percibía el brillo errático y el extásis de las cuatro mujeres, en especial de Erzsébet, a la que a veces adoraban cual reina. Al único al que se le permitía estar en aquellas reuniones era a Ficzkó, que permanecía impasible en una esquina. Natasha no entendía por qué él siempre estaba presente, hasta que un frío día de finales de invierno lo descubrió.

Tras meses trabajando allí, no era solo Elisabeth lo que perturbaba a la joven, sino también la inquietante figura de Ficzkó, quien se paseaba continuamente por el caserón erizándole la piel. El hombre, adusto, rígido cual estaca, la miraba siempre como si estuviese catalogando un objeto para algún experimento. El mayordomo nunca se acercaba a Katryna, ni tan siquiera la miraba, pero cuando se cruzaba con Natasha esta podía sentir su inquisitiva mirada clavada en ella. Era como si el hombre supiese algo que la concernía y se relamiese por ello, cosa que la atemorizaba sobremanera.

La primavera ya empezaba a verse en los campos y el invierno parecía huir de las ramas de los árboles, que despertaban con brotes nuevos. Aún así, los días continuaban siendo fríos y la nieve aún no había desaparecido del castillo de Cachtice. Natasha, a petición de la señora, se encontraba despejando de nieve el jardín trasero. Aquella tarde aparecerían de nuevo por allí sus inquietantes amigas y quería celebrar una reunión especial. Mientras despejaba el lugar pensaba en cualquier otra cosa para evitar sentir el intenso frío que la atenazaba, pues ni su fina chaqueta ni sus guantes de lana eran rival para el hielo y la nieve que se iban deshaciendo en sus manos.

Tan absorta estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta que poco a poco iba cavando en la tierra. Cuando casi sin quererlo percibió que la nieve se volvía marrón paró en seco. Sabía que si Erzsébet veía que había desperdiciado el hielo la castigaría duramente, de modo que se afanó rápidamente en intentar dejarlo todo tal cual estaba. Pero cuando empezó a limpiar la nieve vio que había algo extraño en el suelo, justo delante de ella, por lo que con curiosidad decidió continuar cavando.

Apenas un minuto después la pala chocó contra una superficie dura, plana y resistente. Natasha se arrodilló, limpió con las manos la zona y, sorprendida, vio dos pequeñas argollas, ancladas a lo que parecían dos gruesas planchas de metal, con un cerrojo entre ellas. Sabía que su señora volvería de un momento a otro y, a pesar de que la curiosidad la invadiese, decidió dejar para más tarde aquella tarea, por lo que volvió a tapar de tierra la zona y a despejar el jardín de nieve, acabando con sus tareas externas. Lo que no advirtió fue que, desde una de las ventanas más altas, el mayordomo la observaba con su mirada aguileña, dispuesto a cazarla como si de un pequeño ratón se tratase.

Horas después, aquella misma tarde, las cuatro mujeres y Ficzkó se encerraron en el amplio salón. El día era más frío de lo normal, unas espesas nubes negras se habían adueñado del cielo, pero aún así no parecían querer perturbar la extraña calma que reinaba en el castillo. Natasha, que al fin disfrutaba de las pocas horas libres que tenía a la semana, pensó que aquel sería el mejor momento para volver a investigar aquel nuevo hallazgo en el jardín. Katryna no aparecía por ningún lado.

Minutos más tarde de acomodar a las mujeres, Natasha cogió la pala y salió al jardín. Antes de proceder a investigar de nuevo la zona de su interés miró a su alrededor cerciorándose de que no había nadie que la observase. Estaba sola, o al menos eso creía, de modo que comenzó con su pequeña excavación. No se percató que desde una de las más altas ventanas Katryna la vigilaba, mirándola con lástima y decepción. Ella parecía saber bien hacia dónde dirigía aquella portezuela y el miedo que la invadía apenas la dejaban moverse, aunque era el terror hacia su señora lo que más la atenazaba.

La había visto hacer cosas terribles a sus antiguas criadas y sabía que su supervivencia dependía de que se mantuviese callada. Los gritos, lloros, la sangre derramada y los ojos fuera de sus órbitas la acechaban en sus sueños, no la dejaban apenas dormir y la sumían en un estado insalubre que no sabía por cuánto podría mantener. Erzsébet la había usado alguna vez para sus ritos pero, por una extraña razón que Katryna desconocía, nunca se había ensañado con ella. La había enseñado y educado para complacer sus oscuros deseos y llevar a cabo pequeños y repugnantes rituales. Nadie, ni tan siquiera sus más allegados, llegaban a comprender el terror del que ella había sido cómplice, las barbaridades que se habían llevado a cabo en el inmenso castillo de Cachtice, de las cuales no se atrevía a decir nada.

Los lugareños hablaban de su señora como si fuese una bruja, pero ella pensaba que no era así. Para Katryna, Elisabeth Bathory era un demonio, un ser sin alma, algo más allá que nadie llegaba a comprender. Representaba la soledad absoluta de una mujer loca, despechada,  acompañada y guiada por seres despreciables que tenían un concepto de humanidad escaso. Sus amigas, e incluso su mayordomo, la habían acompañado desde el principio sin mostrar el más mínimo remordimiento. Katryna sabía muy bien que aquello hacía años que había comenzado, no en vano en todo el condado de Ecsed se conocía la macabra historia de la señora Bathory.

Pero Katryna no quería que volviese a pasar. No sabía si iba a ser capaz de volver a enterrar otro cuerpo en aquel inmenso jardín, un lugar de descanso de más de dos decenas de jóvenes criadas que sucumbieron a manos de su señora. No sabía cómo hacerlo, ni tan siquiera si sería capaz, pero debía salvar a Natasha, debía salvar al menos a una de las víctimas, sino nunca se ganaría el cielo y aquello era una de las cosas que más la asustaba, incluso más que la tortura que pudiese sufrir a manos de Elisabeth.

Natasha acabó pronto de excavar, dejando al descubierto una puerta de hierro macizo de tamaño medio. El pequeño cerrojo estaba oxidado por la humedad, debido tal vez a ello logró abrirlo solo con un golpe seco de la pala. Abrió, no sin esfuerzo, las hojas de metal que hacían las veces de puerta y ante ella se extendieron unas anchas y mugrientas escaleras, cubiertas de una mezcla de nieve derretida, hierbas pisoteadas y algo negruzco que no supo identificar. Aquello era un profundo pozo de oscuridad que parecía tragarse los peldaños de acceso. Por suerte iba preparada. Prendió la antorcha que llevaba consigo y temerosa pero decidida se adentró en aquella espesa negrura, cerrando tras de si la puerta. Katryna desde lo alto la vigilaba y temblaba, pues sabía muy bien qué era lo que se ocultaba en aquel sótano.

Tras apenas un minuto de caminar casi a tientas Natasha llegó a un rellano donde tuvo que descansar, pues el sofocante olor a cerrado y a algo en descomposición le revolvieron el estómago. No sabía por qué continuaba adelante, pero había algo allí que la llamaba, que tentaba su curiosidad. De pronto empezó a escuchar de forma lejana las risas secas de su señora y sus amigas y aquello la asustó. Eran como un susurro, de modo que pensando que estaban bastante lejos continuó caminando, dando con un nuevo obstáculo, otra puerta de metal que le cerraba el paso.

Esta puerta, sin embargo, no tenía cerradura que forzar, parecía que solo podía abrirse desde el otro lado. Inspeccionándola con la antorcha, Natasha pudo ver una pequeña mirilla, que no dudó en utilizar. Las risas y blasfemias que antes escuchaba eran ahora más intensas e inquietantes. La chica supo al instante que tras aquella puerta estaban reunidas las cuatro mujeres. Aquel sería el día que por fin descubriría qué hacían cuando se reunían.

Dejó la antorcha en el suelo y silenciosamente destapó la mirilla. Lo que vio la dejó congelada, paralizada por el horror. Ante ella se abría una pequeña cámara, muy iluminada,  en el centro de la cual colgaba una pequeña jaula de metal, y en cuyos muros colgaban como testigos de lo que allí ocurría, casi una decena de grilletes ensangrentados. Vio, en una esquina, una mesa desconchada sobre la que descansaban varios cuchillos, trozos de lanzas y otros objetos punzantes. Sin duda alguna, aquella era una cámara de tortura. Fue entonces cuando supo sin lugar a dudas que todo lo que se contaba de Elisabeth Bathory era cierto.

No podía moverse, el terror la atenazaba y fue en ese preciso instante cuando vio algo que nunca olvidaría. Alrededor de todo el suelo de la cámara había unos pequeños canales que confluían en lo que parecía ser una bañera de piedra labrada. En ellos fluía, viscosamente, una sustancia rojo-negruzca que Natasha identificó al instante como sangre. No sabía de dónde podía provenir, pero unos aullidos escalofriantes desde el fondo de la sala la hicieron temblar y le dieron la respuesta. Era el grito desesperado de una mujer.

La señora Bathory, junto con las otras tres brujas, reía al compás de una leve música que había empezado a sonar, mientras la sangre de aquella chica corría hasta la bañera, mezclándose con el agua, tiñéndola de escarlata. Natasha, horrorizada, cerró la mirilla. No sabía qué debía hacer. Quería ayudar a aquella muchacha pero no sabía cómo. Fueron aquellos escasos instantes de duda lo que la llevaron a la perdición. De súbito, la puerta se abrió, alguien la cogió en volandas y le propinó un golpe en la cabeza, desmayándose al instante.

Cuando se despertó, con un fuerte dolor de cabeza, estaba atada a uno de aquellos grilletes. La habían desnudado casi por completo, y las cuatro mujeres la observaban como a un trofeo. Natasha, aún aturdida, no comprendía bien la situación. A escasos metros veía de forma borrosa algunas figuras, a las que intentó acercarse para pedir ayuda, fue entonces cuando se dio cuenta de su posición. Al sentirse atada, colgada de las muñecas, chilló y pidió ayuda, pero todo fue en vano. Las figuras se rieron y aquello hizo que la chica empezase a llorar. Nadie iba a contestar a sus súplicas. La muchacha que antes había visto colgada de la pared, desangrándose, ya no estaba. Había perdido la vida,  había sido desechada como un trozo de carne, y ahora le tocaba a ella.

Helena fue la primera en acercarse con un ensangrentado cuchillo a su vientre, lo paseó sórdidamente por el cuerpo desnudo de la chica para posarlo finalmente en uno de sus senos. Natasha apenas sintió el cuchillo cortar su piel, era como si estuviese en trance. No estaba segura de si le habían dado algún tipo de sedante, pero su mente parecía estar a miles de quilómetros de allí. Su cuerpo herido comenzó a sangrar, pero no fue hasta varios segundos después que su mente interpretó lo que estaba pasando, aquello fue lo peor. Cuando notó el dolor emitió un grito descorazonador que hizo que los allí presentes se regocijasen. Su sangre se deslizó lentamente por su cuerpo y fue recolectada por aquellos canales rocosos que antes había visto.

El siguiente turno fue el de Elisabeth, quien le susurró algo al oído, algo que ella no llegó a captar, mientras le punzaba en el vientre, con una sonrisa sádica, que le iluminaba la mirada. La sangre empezó a brotar débilmente con un hilo espeso y caliente que le helaba el cuerpo por dentro.

Natasha lloraba y se retorcía, pero poco más podía hacer. Los grilletes estaban fuertemente sujetos y no hacían sino herirle las muñecas, que amenazaban con partirse con cada movimiento. Su llanto y sus gritos alegraban a aquella diabólica comitiva.

Las siguientes fueron Dorotea y Piroska, quienes apenas se tomaron tiempo en su regocijo. Parecían disfrutar más produciendo dolor puro y certero, que torturando y haciendo durar mucho el sufrimiento de cada herida. Piroska clavó de forma certera y brusca un tenedor en su muslo, sacándolo al instante, mientras que Dorotea le cortó el pelo de forma tan brusca que se llevó consigo parte del cuero cabelludo. La chica profirió varios gritos agónicos. No hubo piedad alguna.

Tras largos minutos de tortura, no tantos a los que ellas estaban acostumbradas, pero si los suficientes como para dejar a Natasha semiinconsciente, las cuatro mujeres se acercaron a la bañera con el agua ensangrentada  que había en el centro de la sala. La miraron con fruición, mientras la chica colgaba de los grilletes y miraba desesperada todos los recovecos de la habitación.

Dorotea, Helena y Piroska ayudaron a Erzsébet a desvestirse, metiéndose seguidamente en aquel asqueroso baño. La cara de placer de la señora Bathory y de regocijo de las demás era inconmensurable. Elisabeth se sumergió en aquel líquido, impregnando cada parte de su cuerpo. Natasha, al fin, tenía la certeza de que iba a morir y por mucho que gritase nadie la iba a escuchar.

De repente el mayordomo apareció gritando desesperado que la casa estaba en llamas. Un gran incendio se había producido, cosa que hizo salir de la bañera, desnuda y a toda prisa a Elisabeth. Las cuatro mujeres salieron corriendo despavoridas y a trompicones, dejando a Natasha a merced de las llamas. El fuego tardó en propagarse, pero cuando lo hizo fue con toda la violencia posible. Las llamas se adueñaron primero del edificio principal y luego se esparcieron por doquier. La chica notaba las olas de calor provenientes de pisos superiores. Se removía y pedía auxilio en un vano intento por escapar de aquellas llamas que amenazaban con quemarla viva, pero nadie parecía escucharla. Asumiendo ya su muerte, con el fuego cerca de aquella herrumbrosa y tétrica sala de torturas su cuerpo entero cedió al llanto y a la desesperación. Pero algo bastante inesperado para ella ocurrió.

De la pequeña portezuela por la que ella había entrado apareció Katryna, con los ojos llorosos por el humo. Buscó a Natasha con miedo y cuando la vio se le iluminó la mirada. Le soltó los grilletes como pudo, apoyó casi todo el peso de esta en su propio cuerpo y la ayudó a moverse. Natasha aún podía caminar, pero estaba muy malherida y su paso las ralentizaba a las dos. Katryna estaba nerviosa, no quería morir consumida por las llamas, que ella misma había provocado.

Aquella era su única oportunidad de escapar, por lo que cargó como pudo casi todo el camino con el peso de la chica. Katryna llevaba mucho tiempo trabajando para Elisabeth y conocía cada uno de los escondites del castillo, cada pasillo y cada recoveco. Había tenido que aprender a esconderse de su señora y de la mirada aguileña de Ficzkó, cosa que ahora era una gran ventaja.

Natasha no podía correr, apenas coordinar los pasos y Karyna estaba asustada, pues su señora había ido a pedir ayudar para extinguir las llamas y no sabía cuánto tiempo iba a tardar en volver.

Dorotea, Helena y Piroska habían huido del castillo como alma que lleva al diablo y Katryna rogaba porque Ficzkó hubiese hecho lo mismo. No estaba preparada por si se lo encontraba por el camino. Por suerte, no fue así. Tras cinco minutos de penosa caminata, las dos chicas salieron de los dominios de Cachtice, robaron un carro a su antigua señora y huyeron de allí para no volver jamás.

Natasha fue la única víctima superviviente de las torturas de la señora Bathory, pero no fue hasta años más tarde, cuando finalmente se demostró su culpabilidad, que ella pudo dormir tranquila. Su historia se había convertido en un rumor que se expandía como la pólvora, hasta convertirse en una leyenda popular. Tras su vivencia nadie más del pueblo volvió al castillo de Cachtice y Elisabeth Bathory comenzó a contratar a hijas de altos nobles como carnaza, cosa que la llevó a la ruina.

Tras descubrirse varias muertes en extrañas circunstancias de estas chicas todos pusieron el grito en el cielo. Por ello se hizo una batida en busca de las doncellas perdidas y, casi por casualidad, se encontró el gran cementerio del castillo de Cachtice, donde yacían enterrados cerca de dos centenares de cadáveres de todas las mujeres que Erzsébet había torturado y matado. Todos los nobles querían la cabeza de Bathory.

Cuando se la juzgó, también se juzgó con ella a su fiel mayordomo Ficzkó, su doncella Katryna y a sus tres amigas Dorotea, Helena, Piroska. La sentencia fue la muerte.

Natasha, al conocer la acusación hacia Katryna, movió cielo y tierra para salvarla. Katryna había hecho muchas cosas mal, pero también había sufrido mucho a manos de su señora y no merecía la suerte que le deparaba a aquellos monstruos. El castigo de cincuenta latigazos que le impusieron apenas le importó, el saberse libre de la muerte y saber que con su sacrificio se había ganado un puesto en el cielo era suficiente. Era muy consciente que todo lo que había hecho en Cachtice la perseguiría por siempre, pero se juró que se ganaría a pulso el perdón que le habían concedido.

Por ello, Natasha y Katryna, aunque separadas, siempre estuvieron atadas por la amistad, la deuda y aquel oscuro lugar que nunca más volverían a pisar.

Ainhoa Pastor Sempere

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