LUCERO DEL ALBA

Lucero del AlbaLa oscuridad era total. Absoluta. A pesar de que no veía nada, era capaz de oler aquel fuerte edor acre, cerca de putrefacto. Al menos estaban las dos juntas. Lo notaba. Podía sentir el cuerpo de su amada a escasos centímetros del suyo. No la veía. Pero escuchaba algunos ruiditos que emitía, así como su cercano calor.

No sabía cómo ambas habían acabado allí. Un fuerte golpe en la cabeza la había derribado mientras ambas paseaban por la linde del bosque. Adoraban esos largos paseos al alba, que como su amada, hacían resplandecer la belleza del lugar. Muy bien sabía lo que de ellas se decía en el pueblo. Poco les importaba. Estaban cansadas de los cotilleos y murmuraciones, que al final habían adaptado a su vida diaria como un mantra. Los que las querían estaban con ellas y, los que no, los mantenían bien alejados. Bastante habían sufrido ya.

Amanda y Alba. Alba y Amanda. Siempre juntas, compañeras, amigas y amantes. Su amor había empezado a la temprana edad de 15 años. Algo, desde el interior de ambas, les había dicho que su futuro era estar juntas. Y, hasta el momento, con cerca de 35 años cada una, lo habían conseguido.

Alba era bajita y delgada; rubia como el mismo amanecer y con unos ojos verdes que encandilaban a cualquiera. Amanda era mucho más grande, más “recia” como decía su madre, de cuerpo esculpido por los esfuerzos del campo y una altura propia de los mismos sauces; de pelo ensortijado y negro como la misma noche y ojos grises cual profundo pozo, siempre había tenido unas facciones duras que a hacían parecer seria y autoritaria. Tenían caracteres muy diferentes, pero juntas eran un solo mundo. Se complementaban. Y cambiaban tanto una en manos de la otra que la gente a su alrededor no lo creía. A pesar de ello, su vida no había sido fácil. Tal vez por ello se empeñaban en disfrutar cada segundo. Estaban en 1909 y su estilo de vida no era el más apropiado según los vecinos de su alrededor.

Por suerte, el país estaba tan inmerso en una Crisis global que las permitían mantener una vida relativamente apacible. España parecía estar siendo desmantelada internamente por todos sus sectores. Y después de la Semana Trágica de Barcelona, nadie en su pequeño pueblecito quería saber más de revueltas. Al menos eso pensaron ellas.

 

Buscó a tientas el cuerpo de Alba en aquella oscuridad. El lugar parecía pequeño y húmedo y la agobiaba. Tocó la pared de enfrente, donde la tierra suelta se desprendió a su contacto, quedándose algo pegajoso entre sus dedos. Era un gusano o algo parecido, pues notaba como se retorcía entre sus dedos intentando escapar. Sacudió la mano con asco, lanzando al indefenso bicho al otro lado del reducido recinto. En ese movimiento su mano chocó contra la pierna de su compañera, que parecía estar malherida. Intentó ponerse en pie, pero en cuanto lo hizo su cabeza golpeó con algo duro y la hizo tambalearse y caer de nuevo. Alba ya no se movía.

Al caer de nuevo al suelo, volvió a buscar a tientas a su novia. Su agitada respiración parecía haberse calmado, así que siguió recorriendo el diminuto espacio con sus manos. Quería reconocer el perímetro. En escasos centímetros encontró un objeto metálico que reconoció casi inmediatamente como un candil, semejante a los que ella tenía en casa. Con suerte tendría aún suficiente combustible como para prenderse. Buscó a tientas en un bolsillo interior de su vestido, donde siempre guardaba lo que Alba llamaba cómicamente su cajita de supervivencia: cerillas, cuerda, trapo, una pequeña pastillita de jabón casero, tijeras, hilo y una aguja. Nunca salía sin ella y le había sido útil en mas de una ocasión.

Sacó a ciegas una de las cerillas e, intentando reconocer con el tacto la boquilla del candil, tiró un poco de la mecha y la prendió. El aceite se incendió al instante y dotó de una anaranjada luz a todo el lugar. Lo que vio casi la mata del espanto y la hizo vomitar hasta dejarla doblada. Alba estaba irreconocible. Ya no era la bella mujer de la que había estado siempre enamorada, sino un despojo sin vida que había agonizado hasta, al fin, rendirse. Se encontraban enterradas bajo tierra, en una de aquellas peligrosas trampas para cazadores llena de estacas. Mal usadas hacía años, se habían prohibido, siendo tapiadas por inmensas losas de piedra. Allí habían lanzado sus cuerpos, con la esperanza de que las estacas hiciesen el trabajo que ellos no se atrevían a hacer.

El terror y la rabia se apoderaron de ella instantáneamente. Su compañera yacía en el terroso suelo, empapada de sus propios orines, con una brecha en la cabeza de la que manaba sangre y con tres de aquellas estacas clavadas en el cuerpo. Una le atravesaba el vientre, dejando a la vista una pequeña parte del intestino; otra se clavó en uno de aquellos verdes ojos, de donde salía una viscosa sustancia gris- rojiza que hizo vomitar de nuevo a Amanda; y la tercera desviaba de forma grotesca el fémur de la cadera, donde varias de las astillas se habían insertado impunemente.

Amanda lloraba de terror, miedo y rabia. Ella había tenido la suerte, si se podía decir así, de caer cerca de una de las paredes, por lo que solo tenía varios arañazos. El golpe en su cabeza había sido menor, pues le dolía y sabía que le saldría un chichón, pero no sangraba (al menos no profusamente) de ningún sitio importante.

Sin apenas poder apartar la mirada de Alba, se levantó despacio y, con todas las fuerzas que fue capaz de reunir, empujó la losa. Hacia arriba, hacia un lado y hacia otro. No se movió ni un centímetro. Estaba atrapada. Cayó al suelo sin esperanzas y empezó a sollozar. Deseaba haber muerto como Alba, pues su destino parecía ser peor. Morir de hambre, frío y sed iba a ser el más cruel castigo a un crimen que le habían impuesto. Un crimen que ella no controlaba y que no consideraba tal. Amar a alguien siempre debía ser algo bonito y positivo, no un estigma y algo que se debiese perseguir.

 

Pasaban las horas e iba hundiéndose cada vez más en la desesperación. Dormitaba a ratos y el candil, que había dejado encendido para no perder el sentido, iba consumiéndose poco a poco. En uno de sus agitados sueños hubo algo que la despertó. No recordaba el qué, pero una llamada la había hecho levantarse de golpe y abrir los ojos como platos. Lo que vio casi la hace desmayarse.

Allí estaba Alba, sentada a su lado. Su cuerpo destrozado la miraba con reproche. Su vacío ojo se fijaba en ella como si de un agujero negro se tratase. Amanda tenía ganas de vomitar de nuevo, pero lo había hecho tantas veces que ya nada le quedaba en el estómago. Empezó a temblar. Alba la seguía observando fijamente, con reproche, pero con un amor infinito. Amanda se puso llorar. Intentó abrazarla, pero su compañera la detuvo con una negación de cabeza. No podía tocarla y ella lo sabía.

No dijeron nada. Solo se miraron, como habían hecho siempre. Con esa complicidad y ese amor infinito hacia quien es tu mejor amiga, tu confidente, tu amante. Alba miraba el candil, que iba perdiendo fuerza a cada minuto. Amanda no entendía nada. Y su novia seguía mirando el candil con insistencia, hasta que a ella se le ocurrió cogerlo. Sin apenas mover el maltrecho cuerpo, se giró unos centímetros y, con una sonrisa destrozada por la caída y la cabeza torcida, miró a las estacas que se clavaban en el suelo. Amanda arrancó una de ellas. La masa cerebral de Alba salía en un hilo por la brecha de la cabeza y se pegaba a su cuero cabelludo marcando aún más la herida. Amanda giró la cabeza disgustada. No quería llorar, pero fue imposible contenerse. Alba esperó.

Cuando se calmó, el candil ya casi había perdido su fuerza. Alba tenía urgencia en su mirada. Su único ojo le decía a su compañera que no le quedaba mucho tiempo. Amanda no sabía qué hacer. Siempre había sido muy buena tomando decisiones. Perspicaz y rápida de decisión, ahora se encontraba como una niña sin madre, sin nadie a quien aferrarse y que la guiase. Se sentía inútil. Con la sonrisa descascarillada y un hilo de voz Alba solo pronunció una palabra: SUPERVIVIENCIA. Solo con eso algo hizo click en la cabeza de Amanda y entendió lo que debía hacer.

El suelo, húmedo y suelto, permitía cavar pequeñas madrigueras a los animales del bosque, por lo que ella se puso a cavar un agujero alrededor de la losa. Era su única oportunidad, el candil no le duraría mucho más.

Tras 40 minutos de trabajo incesante Alba le sonrió de nuevo. Aquella mirada y aquella sonrisa le ponían los pelos de punta, aún a pesar de ser los de la mujer a la que más quería. Entonces sacó de su cajita de supervivencia el trapo y la cuerdecita y, aprovechando el último rescoldo de combustible y llama del candil, encendió la tela que prendió inmediato.

La oscuridad volvió a ser casi total. Sacó la improvisada antorcha por la pequeña madriguera que había excavado. No podía hacer más. Solo esperar. Sabía que las posibilidades de que la encontrasen eran prácticamente nulas, pero debía intentarlo. La esperanza se agotaba a cada minuto que pasaba, hasta que la desesperación la hizo caer en una especie de trance sin sentido. Alba la seguía mirando, con la esperanza fijada en su mirada. Tal vez ella sabía algo que Amanda desconocía.

 

Apenas un día después alguien encontró la antorcha, que seguía encendida y refulgiendo como si alguien se encargase de ello. Varios hombres montados en caballos la habían visto en la distancia, sorprendiéndose del hallazgo. La sacaron con cuidado y cuando lo hicieron vieron que allí dentro había algo. Les extrañó, pues sabían que estas trampas hacía unos años que se habían tapiado, por lo que, alarmados, movieron la losa con cuidado. Y lo que encontraron los dejó patidifusos. Allí dentro había un cadáver de una bella mujer, destrozado; y otra que no paraba de llorar y repetir “Alba, Alba” a cada segundo.

Las sacaron a ambas del oscuro agujero, envolviendo con cuidado el cuerpo de la difunta. Amanda, ya casi muerta, sintió como de nuevo la rabia la inundaba a oleadas. Fue solo aquello lo que la mantuvo con vida, que no cuerda, pues nunca olvidaría el destrozado cuerpo de su mujer empalado allí dentro.

Al notar la cálida luz del sol sobre su cara su furia se hizo más intensa. Sabía que aquello no era más que el principio. No iba a permitir que la muerte de Alba quedase impune. Ella lo sabía. Sus salvadores lo sabían. Era como esas sensaciones y sentimientos de los que nadie habla, pero que se huelen en el ambiente. Lo último que alcanzó a visualizar antes de caer desmayada por el cansancio en el suelo fueron las rojas hojas que colgaban de los árboles. Era otoño, y el caduco follaje caía como las sangrientas gotas de una herida. Aquel sería el paisaje que marcaría el principio de su larga travesía hacia la venganza.

Ainhoa Pastor Sempere

Muchas gracias por estar ahí y nos vemos en las sombras.
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6 reflexiones sobre “LUCERO DEL ALBA

      1. Me ha gustado el tema ,porque a pesar de desarrollarse en otra epoca, sigue siendo casi igual en la actualidad aunque muchos oculten sus verdaderos pensamientos para si mismos a veces no pueden evitar dejarlos aflorar.
        Y si no se hacen desprecios de la misma manera que en tu relato, si es verdad que exinten mil y una forma de denigrar, despreciar,etc a otra persona simplemente por no seguir las condiciones establecidas en la socidad que denominamos NORMAL

        1. Completamente de acuerdo. El tratar a los demás con desprecio por no seguir según qué cosas es un comportamiento que se lleva arrastrando desde bien antiguo.

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