LA NOCHE DE LA NIEBLA

Noche de la nieblaUn año sin poner nada en la web. Un año de silencio y de cambios. Necesarios, pero lentos. Ya llevaba tiempo queriendo intentar esto de nuevo. Voy a ver si me pongo unos objetivos y los voy cumpliendo poco a poco. ¡A seguir disfrutando!


Era una noche oscura. La luna no aparecía en el cielo y las estrellas no brillaban. Hacía frío, mucho frío. El viento cortante hacía que la temperatura fuese aún más baja y que muy poca gente se atreviese a salir a la calle. Los coches pasaban por la carretera como espectros, pues tan solo las potentes luces de los faros antiniebla permitían ver algo al conductor. La gente se movía en pequeños grupos, con muchas capas de ropa y grandes y pesados abrigos. Lo mejor que todos podían hacer aquella noche era quedarse en casa, delante de la estufa o la chimenea; y así lo hacía la mayoría, pues lo que la noche auguraba no era nada halagüeño. Los negocios habían cerrado pronto, los jefes habían acortado la jornada de trabajo de sus empleados y la mayoría de ellos debían encontrarse ahora guarecidos del temporal.

Todos los meses, en aquella fecha, poco después de la medianoche, las calles vacías empezaban a adquirir una apariencia fantasmal, tétrica. Aquella vez no fue diferente. La niebla se hizo más espesa, algunas estrellas empezaron a brillar tenuemente, pero sin ser capaces de iluminar la negra oscuridad del cielo nocturno. A pesar de ser una gran ciudad, el silencio era sepulcral, turbado tan solo por el zumbido de las farolas en las calles y del viento chocando contra los cristales. Aquella noche nadie se atrevía a asomarse a las ventanas, pues preferían desconocer cómo ocurriría todo aquella vez; y a pesar de que sabían demasiado bien lo que pasaría, ninguno de ellos conocía la razón.

Un grito ensordecedor se escuchó en una apartada calle, uno de tantos de los que se sucederían aquella madrugada, seguido de aullidos de perro que colmaban el ambiente. Algunos gatos callejeros se atrevieron a maullar lastimeramente, dando a aquel entorno un toque aún más siniestro, y luego, el silencio de nuevo. Otro grito, media hora después, seguido del consiguiente alboroto, que esta vez fue mucho más duradero.

La mañana siguiente se despertó perezosamente. El sol se alzaba por el horizonte como con vergüenza, pues sabía cuál había sido el resultado de la noche anterior. La gente salía a la calle rogando a Dios que no fuese algún conocido el que había sufrido aquel castigo, pero no a todos se les concedía el deseo.

Hacía diez años que aquello se sucedía mensualmente. Más de una vez se habían enviado grupos de reconocimiento para averiguar la causa, pero en esos casos solo ocurrían tres cosas: morían, desaparecían o enloquecían de tal forma que todo lo que decían no tenía sentido alguno. Los cuerpos que se encontraban se examinaban con especial meticulosidad, pero nunca a ninguno se le supo adjudicar las causas claras de la muerte. No presentaban ningún signo externo de violencia, tan solo una palidez mortal y dos pequeñas punciones en el pecho y una más en una de las axilas. Internamente tan solo tenían dañado el corazón, que se mostraba seco como una pasa, y la sangre, que mostraba una extraña composición, con exceso de impurezas y materiales dañinos para el organismo.

A lo largo del día se contaron tres desaparecidos, dos de los cuales al final se hallaron muertos. Aquella vez apenas había sido grave, pero el estado general de alerta de la población era palpable, aún así una leve resquicio de esperanza pareció asomar la cabeza ante todos, pues alguien había conseguido sobrevivir al suplicio.  El único superviviente, un chico joven de no más de dieciséis años, había sido encontrado en un callejón, fatigado, pálido, asustado como una rata acorralada y con arañazos y pequeñas heridas aún sangrantes. Cuando la policía lo encontró apenas podía hablar, deliraba y no dejaba que nadie se acercase a él. Fueron necesarios grandes esfuerzos para que tan solo atinase a decir su nombre, Robert, y se dejase conducir al hospital.

Una vez ingresado gimió y lloró como un bebe, pero no por las inyecciones ni las suturas, pues la mayor parte del tiempo parecía ido, sino por algo más profundo. Le pusieron la antitetánica y la antirábica, desinfectaron sus heridas y cosieron varios cortes profundos que tenía, pero él no dejaba de murmurar. Sus familiares, que tardaron algo más de cinco horas en poder visitarlo, quedaron conmocionados por su estado. La cara pálida, los ojos idos, pero el cuerpo extrañamente recuperado, como si nunca nadie lo hubiese atacado. Aquello confundió a todo el personal que hacía apenas dos horas habían acabado de coserlo y atenderlo.

Robert apenas reconoció a sus padres, que al intentar abrazarlo solo recibieron rechazo, con un grito desesperado de su propio hijo. Unas horas más tarde, atiborrado de calmantes, se les permitió entrar en la habitación de nuevo. Esta vez su estado de calma, inducido por los medicamentos, los dejó más tranquilos, permitiendo que hablasen con él, que lo único que acertaba a decir eran palabras sueltas e inconexas. Les preocupaba seriamente la salud mental de su hijo.

Aquella semana pasaron policías, periodistas y curiosos por su habitación buscando respuestas. Él había sido el único superviviente a lo que todos llamaban La noche de la niebla, pero el chico no tenía fuerzas para contestar a nadie.

Estuvo una semana en el hospital y cuando parecía recuperado sus padres se lo llevaron a casa lejos de los curiosos, donde intentó hacer vida normal de nuevo, cosa que logró hasta cierto punto. Pero todo cambió una semana antes de que sucediese de nuevo La noche de la niebla.

Robert se encontraba acostado en el sofá mirando un libro de anatomía, a los que se había aficionado hacía apenas unas semanas. Le intrigaba y excitaba la idea de conocer los lugares por los que corría la sangre en el cuerpo humano, la forma de detener y producir hemorragias y las zonas del cuerpo por las que pasaba mayor cantidad de esta sustancia vital. Estudiaba con especial meticulosidad sus libros y leía y releía artículos y reportajes sobre dicho tema. Sus padres lo veían muy cambiado desde su vuelta a casa y, en muchas ocasiones, su hijo llegó a producirles pánico y un gran desasosiego.

Sin duda algo en él había cambiado; ahora estaba más pálido, sus ojos brillaban de forma espeluznante, sus gestos se habían vuelto más serios, apenas comía y parecía perder la vitalidad a cada instante. Aún así, en general, seguía comportándose igual, pero sus padres sabían que aquel ya no era el mismo Robert de siempre. Fue por ello que aquella noche les sorprendió la actitud jovial, la energía y la alegría que su hijo mostraba. Sus ojos, ahora inyectados en sangre, los asustaban Por su parte, Robert sabía muy bien lo que le pasaba, pues llevaba dos semanas sospechándolo. La maldición de aquello que lo atacó había anidado en su interior y no tardaría en salir a la superficie; por ello, aquella noche, creyó conveniente hablar con sus padres.

Su semblante era serio cuando los instó a sentarse junto a él en el sofá, cosa que hicieron a regañadientes. Se quedaron unos minutos en silencio, escuchando los sonidos de la calle de aquella noche fría. La luna aún podía verse brillando en el cielo, iluminando con su pálida luz las calles ajetreadas, mientras la gente paseaba despreocupada, simulando no acordarse de lo que les acaecería dentro de no más de siete días. Robert miró con semblante serio a su madre y a su padre, haciendo que torciesen el gesto en señal de preocupación. No sabía cómo empezar, pero debía hacerlo igualmente.

Al cabo de una hora Robert calló, con sus padres con el semblante más serio que él había visto nunca. Sus caras habían palidecido y de sus bocas no salían otra cosa que exclamaciones ahogadas. Lo que su hijo les había revelado los sumió en un gran dolor y a pesar de que intentaron persuadirlo, no lo consiguieron; ellos nada podían hacer ya, la decisión que el chico había tomado era la más prudente e inteligente y su suerte ya hacía tiempo que estaba echada.

 Una semana después, Robert ya estaba listo. Esa sería de nuevo La noche de la niebla y el cambio que debía experimentar no se hizo esperar. Se encontraba en el mismo callejón en el que había aparecido un mes atrás, solo que esta vez iba armado y preparado. En escasos minutos notó algo dentro de él cambiar, el influjo de la oculta luna lo atrapó y lo sumió en una oscuridad que nunca lo abandonaría. Los dientes se le afilaron, una insaciable sed de sangre se apoderó de él y todos sus sentidos se exaltaron, pero no pensaba rendirse a sus ansias, no iba a caer. Había leído mucho y se había preparado aún más y, aunque la lucha interna que mantuvo era feroz, sus ganas de cumplir su promesa y su deber eran más fuertes que cualquier necesidad que en aquel momento su cuerpo le pidiese que saciara.

Aquella noche volvía a ser fría y el aire gélido azotaba los muros de las casas con furia. La luna no brillaba y las estrellas habían escondido de nuevo su fulgor, como si quisiesen escapar de algún gran mal. La niebla no se hizo esperar, más fría y más densa si cabe que el mes anterior. La gente paseaba por ella con miedo y desesperados por llegar a sus casas. Las luces de las farolas parecían espectros borrosos en aquel ambiente blancuzco y los sonidos parecían irreales.

A medianoche nadie quedaba ya en la calle y el silencio volvía a ser aterrador. Pero aquella vez algo cambió, pues no hubo alaridos, aullidos, ni tampoco maullido alguno. La gente se mantenía tensa en sus casas, esperando el grito que daría comienzo a la odiosa noche, pero este nunca se produjo.

Las familias en sus hogares parecían sentirse cada vez más aliviados según el tiempo avanzaba sin escucharse nada, pues aquello sería la señal inequívoca de que el terror que habían pasado cada noche de luna nueva en la última década había acabado. Aquella noche casi nadie durmió, tan solo los bebés, demasiado pequeños para entender lo que ocurría, y los ancianos, demasiado cansados de aquella tensión y de preguntarse quién sería el próximo.

Pasaban las horas y casi se podían oír los suspiros de alivio de los habitantes de la ciudad. Pero, a las cinco de la mañana, un grito desesperado, un chillido de dolor ensordecedor, rompió la calma. Los que habían dado por hecho que todo había acabado se sintieron decepcionados y los demás, que simplemente esperaban una víctima más, se sintieron culpables.

La noche no se alargó mucho más, pues en apenas una hora comenzó a clarear y el día se presentó, de nuevo, con un tinte pesimista. La policía se puso a su tarea, pero no encontraron nada fuera de lo normal. A pesar del espantoso grito que todos habían escuchado, nadie encontró nunca ningún cadáver y ningún signo de que alguien hubiese desaparecido. Indagaron durante más de dos semanas, pero nadie echó de menos a ninguna persona, por lo que todos respiraron aliviados cuando se supo que aquella Noche de la niebla no había habido ninguna pérdida humana.

Al mes siguiente todos esperaron sobrecogidos la citada noche, pero tampoco pasó nada, con lo que la gente empezó a pensar que aquella maldición se había roto y, aunque no sabían muy bien cómo, tampoco se molestaron mucho en indagar. Todos pensaron que la noche en la que Robert consiguió escapar de aquel mal rompió la cadena de actos malévolos, por lo que lo reconocieron como un héroe, desconociendo todos que el chico no volvería a recorrer aquellas calles de nuevo. Los únicos que sabían la verdad, sus padres, le lloraban diariamente, sabiendo que había muerto por una buena causa, pero sintiéndose desdichados día tras día.

Tres años después se publicó un artículo en el periódico local a propósito de aquellos sucesos, donde preguntaban a los padres de Robert sobre la muerte de su hijo y, sin poder remediarlo, estos contaron todo lo que allí aconteció. Aunque, para ser honestos, nadie los creyó. Todos asumieron que Robert rompió la maldición, pero también que había muerto a causa de los estragos. Toda la ciudad conocían el delicado estado mental del chico y pensaron que su padres solo querían encubrirlo. Los que no pensaban que murió en un sanatorio mental, pensaban que se suicidó por las secuelas.

FRAGMENTOS OBTENIDOS DE THE DAILY SPLASH

Entrevista a Martina y Jeff Smith, progenitores de Robert Smith.

Héroe local.

13 de noviembre de 1965.

 «[…] Nuestro hijo murió por salvarnos a todos.- relata la desconsolada madre de Robert Smith- Nadie sabe por lo que él pasó y nosotros no hemos querido decir nada, por respeto a su última voluntad, pero creo que ya es hora de que la gente sepa.-cuenta tras una capa de lágrimas. […]

Los padres del desdichado chico que sobrevivió al último ataque de aquello que aterrorizó la ciudad la última década durante la llamada Noche de la niebla, han querido contar la versión de los hechos que todos desconocemos. Hasta ahora nadie sabía el porqué de que todas las víctimas presentasen aquellas punciones en el pecho y la axila, pero aquí les desvelamos el secreto que envuelve a este misterio. Además contamos con los testimonios que Robert dejó por escrito en un pequeño diario, contando su experiencia y por lo que tuvo que pasar antes de su extraña muerte. Los padres nos han autorizado ha hacer públicos los escritos, para que todo el asunto quede aclarado. A continuación les expondremos algunos extractos de dicho diario, para que juzguen ustedes mismos.

[…] Aquella noche volvía tarde a casa, por lo que sabía lo que podría pasarme si no me apresuraba […]. La noche era fría, como siempre en este día, por lo que corrí cuanto pude, pero estaba tan cansado que mis pasos no fueron lo suficientemente rápidos […]. Me encontré con un hombre alto, delgado y de porte regio, que vestía un traje negro y una especie de túnica del mismo color. Enseguida supe quién era, pues a pesar de que nunca lo había visto, sus dientes afilados, su pálida tez y su sonrisa burlona y tétrica no engañaban a nadie, ni tampoco lo pretendían. Me golpeó y caí inconsciente. Cuando me recuperé del golpe ya estaba en su guarida, una espaciosa casa colonial, fría y siniestra, donde tenía atadas a tres personas más a parte de a mi. […]

[…] Los grilletes que nos mantenían atados a la pared se me clavaban en los tobillos y las muñecas. Todo estaba en silencio, excepto por la respiración angustiosa de mis compañeros, quienes, al igual que yo, no se atrevían a abrir la boca. Alrededor nuestro se paseaba un enorme perro, grande como no lo había visto nunca, con los ojos inyectados en sangre, grandes colmillos y boca babeante. […] Aparecieron también dos mujeres tocadas con vaporosos vestidos, con los dientes aserrados como el hombre que yo había visto y la pálida piel reluciente. […]

[…] No puedo describir el horror de todo lo que allí aconteció. Los gritos de mis compañeros eran insoportables, obligándonos a verlo todo.[…] Ahora entendía porqué los cadáveres presentaban aquellas punciones. El hombre tumbaba a su presa, drogada hasta casi el coma, en una mesa y lo ataba de pies y manos. Parecía como si mis compañeros no fuesen a enterarse de nada, pero cuando le hincaba los colmillos en el corazón los gritos eran desgarradores. El atacante posaba con calma sus labios en el pecho de su presa y sorbía la sangre hasta que dejaba de latir. Luego, el proceso continuaba y eran las mujeres quienes se hacían cargo del cadáver. […]

[..] Poseían un aparato que, con una gran aguja que hincaban en la axila, intercambiaba la sangre del cadáver por la de las mujeres. Su sangre limpia, por la de ellas, sucia e intoxicada. De ahí la extraña composición de la sangre de los cadáveres encontrados tras aquellas fatídicas Noches. Era un rito de purificación que debían realizar para seguir viviendo […]. El hombre tenía el privilegio de sorber la sangre del corazón y ellas se alimentaban del resto. Pero aquello no acababa allí, pues el enorme perro que nos rondaba también recibía su parte, tratando a la víctima de forma tan bestial que no pienso describirla. […]

[…] Yo quedé el último y, por desgracia, estaba destinado a aquel enorme animal. El hombre me dejó solo en la habitación, pues al parecer ya se había saciado. Me soltaron, pues la bestia prefería cazar a su presa. El lobo o lo que fuese aquello me persiguió y por mucho que yo intentase escapar o esconderme él seguía incesante en su empeño. De hecho en algún momento llegó a arañarme, haciéndome profundas heridas. […]

[…] No se cómo, pero en cierto momento logré despistarlo y vi por la alta ventana que se estaba haciendo de día. Lo que pasó después fue sumamente extraño, pues aquel enorme perro comenzó a estremecerse, a retorcerse y en unos minutos vi lo que aquel ser ocultaba, pues ante mi se alzaba un hombre alto, fornido, pero descompuesto, que me miraba aterrado. […]

[…] No entendí mucho de lo que me dijo. Solo se que al ver los arañazos que me había hecho comenzó a disculparse con lágrimas en los ojos. En pocas palabras me dijo que su maldición era algo que solo él debía llevar, que el hombre que había visto chupar la sangre a mis compañeros no podía salir a la luz del sol y que me ayudaría a escapar, aunque aquello le supusiese su propia destrucción. No entendí sus palabras hasta una semana después de salir del hospital, cuando me di cuenta que la maldición de aquel hombre había pasado a mi sangre, pues se produjeron cambios en mi que se asemejaban a los suyos. […]

[…] He empezado a obsesionarme con la sangre, con la violencia y con la destrucción. Esto cada vez me gusta menos. Anoche soñé que mataba a mis padres, esto me supera, debo hablar con ellos antes de que mi sed de sangre sea peligrosa para todos. […]

[…] Hoy me he sentado con ellos y les he explicado qué pienso hacer la próxima Noche de la niebla. No les ha gustado, lo sé, pero es lo único que puedo hacer para salvarlos a todos. Sé que el que me pasó la maldición está muerto, no puedo explicar cómo lo sé, pero puedo sentirlo. Solo me queda por hacer una cosa: matar a aquel que se dedica a cazar humanos la noche de luna nueva, para servirse su sangre como elixir de vida. Tras su muerte sus compañeras morirán con él. Es lo único que se merece, es lo único que los salvará a ellos y a mi. […]

 […] Ya lo tengo todo preparado: estaca, sangre y cerillas. Se que será difícil, pero debo hacerlo. Me encararé con él. Perderé, lo tengo claro, pero puedo traerlo a mi terreno, pues yo sí que puedo estar a la luz del sol, tan solo tengo que esperar hasta el amanecer. […]

Aquí termina el diario. No podemos saber si el chico consiguió lo que se proponía, pero sus padres defienden que sí, pues en el callejón donde lo encontraron la primera vez vieron un montón de cenizas, cubierto por una túnica negra y dos vestidos de seda. El cuerpo de su hijo no se ha encontrado, pero sus padres niegan haberlo visto de nuevo. No se si creerlos, pero al menos esta comunidad vivirá tranquila a partir de ahora. Juzguen ustedes si esto es realidad o tan solo la fantasía desbordada de un adolescente en plena actividad creativa. Yo por mi parte me dedico a escribir los hechos tal cual se transcribieron de su puño y letra, tal y como hubiesen querido sus padres y el desdichado Robert Smith.»

Ainhoa Pastor Sempere

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(Si queréis incluirlo en algún lugar o extracto, por favor, citad el blog y autora original)

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