PAREDES BLANCAS

Blancas paredesContinuación de “Un tarro lleno de galletas”. No es un reto en sí, pero no he podido evitar incluirlo aquí para que tengáis una lectura y una continuación más óptimas.

Blancas paredes rodean a la protagonista. Y es que, a petición popular, seguimos con la historia. ¿Descubriréis esta semana qué hay? Seguid leyendo y lo sabréis.

Mi psicólogo no cree lo que le digo, ni tan siquiera el médico me presta atención. Apenas recuerdo tomarme las pastillas por la mañana y acostarme por las noches. Mis días pasan en un trance que no logro superar. Me han metido en esta blanca habitación y no me dejan salir.

Hace apenas un mes me ingresaron, delirando. Una vecina, arrugada como un pergamino y cotilla como una urraca, me había encontrado murmurando en una esquina de mi casa. Acurrucada y abrazada a mis rodillas, mis ojos se movían a todas partes de la cocina. Y es que lo que había visto me había dejado en shock.

Vino la ambulancia. Incluso, la policía. Y no fueron capaces de sacarme una palabra, apenas emitía unos suspiros agobiantes. Además, aquella señora no había visto lo que yo. En lugar de ayudarme, sin apenas conocerme, llamó al hospital psiquiátrico. Su mirada, vacía y oscura, a la que le faltaba un ojo, me llenaba de terror. Entonces, empezó mi pesadilla.

Todo pasó muy deprisa. Sin apenas darme cuenta estaba enclaustrada en esta habitación acolchada, que provoca automáticamente que nadie preste atención a lo que cuentas. A pesar de estar en pleno Siglo XXI, algunos tratamientos eran muy duros, pero los agradecía. No eran físicos, sino más bien psicológicos. Dejaban mi mente hecha agua, como un estanque claro que no es alterado por nada. No me dejaban pensar y, cuando lo hacían, nadie me tomaba en serio. Allí me llamaban la loca del frasco rojo.

No era peligrosa. En realidad, no eran ni tan siquiera agresiva. Aunque los médicos pensaban que con mis delirios no podía salir a la calle, hubiese llevado una vida normal, pues al final hubiese olvidado el incidente. No obstante, la vida siempre tiene planes diferentes.

Una tarde, sin más, vino mi vecina a visitarme. Yo ni tan siquiera sabía que podía recibir visitas. La verdad, tampoco tenía quién me visitase. Pero aquella mujer, encorvada y arrugada, se presentó de repente en el hospital como una bruma que imponía con su menuda presencia. Vestía un oscuro traje azul que le llegaba hasta los pies, el pelo recogido en un prieto moño de pelo gris brillante y el ojo que le faltaba, tapado con un parche negro no la deslucía en absoluto. Vestía clásica y elegante.

Me permitieron sentarme con ella en una de las salas de visitas. Aquella semana había tenido una buena evolución y me habían quitado gran parte de la medicación, por lo que mi mente estaba lúcida. Podía pensar con claridad y creo que la señora lo sabía. No la conocía de nada, pero aún así acepté hablar con ella, tal era mi desesperación por el contacto con el exterior, con personas más allá de estas frías paredes que me encerraban.

Aquella tarde pude beber café al fin. Un café descafeinado aguado, sin gracia y con galletas rancias, pero café al fin y al cabo. Sabía que aquello me sentaría mal. Pero no había nada mejor. Mi vecina no tocó su taza ni el plato con galletas. Parecía absorta en sus pensamientos. Llevaba consigo un termo del que bebía pausada y decorosamente y un enorme bolso gris. No me hablaba. Solo me miraba impertérrita.

Nuestra conversación fue banal. De personas que apenas se conocen. Aunque ella me miraba como si me hubiese conocido antes, yo no la recordaba. Llegadas a un punto, tras apenas media hora de conversación insustancial y en un descanso que el médico que nos vigilaba se había tomado, sacó de su bolso una cajita forrada de terciopelo negro.

  • Por fin lo he recuperado. -dijo suavemente- Tu madre me lo robó. Y ahora por fin ya vuelvo a tenerlo.

Me acercó la cajita. Ligera y de metal, que parecía vibrar al tacto. No me atreví a abrirla, pero ella insistió.

  • Ábrela sin miedo. -su sonrisa maléfica acompañó a su mirada vacía y oscura.- No estás loca.

La abrí. Y el recuerdo del tarro rojo me vino como un flash a la mente. Recordé que ver aquel recipiente lleno de ojos humanos me volvió loca. Ojos humanos vivos, con pupilas que se dilataban con la luz, con venitas que los recorrían y bombeaban sangre sin parar. Se movían dentro del tarro sin cesar, como buscando a su dueño.

  • Ahora lo tengo yo. -dijo fría- Tu madre me lo quiso esconder, pero ya lo tengo. Por fin.

Yo no entendía nada. Mi madre había tenido durante años un bote lleno de ojos vivos en una de las baldas de la cocina. El terror me paralizaba. La utilidad y el secreto detrás de ello se me escapaba.

  • No vas a entenderlo. Nunca lo entenderás. Tu madre era una ilusa.

Se fue como había venido. Y nadie nunca recordó que yo hubiese tenido visita. Mis episodios cada vez fueron más graves. Estas paredes bancas que me acompañan se han convertido en mis mejores amigas.

No quiero salir de aquí. NUNCA.

 Ainhoa Pastor Sempere

Muchas gracias por estar ahí y nos vemos en las sombras.
(Si queréis incluirlo en algún lugar o extracto, por favor, citad el blog y autora original)

6 reflexiones sobre “PAREDES BLANCAS

  1. Sabes que soy tu mayor fan
    Me ha gustado mucho pero igual si que la mejoraria si le dieses un punto mas
    En el fondo nos estas convirtiendo a tus seguidores en un poco macabros
    Eso es un punto a tu favor muy importante demuestra que seguir a un escritor puede hacer descubrir cosas de uno mismo que no conocias

    1. Gracias. No eres la única que me lo dice. He pensado en continuarla. Si de aquí a un tiempo por petición popular lo pedís, seguramente lo haga. Gracias por comentar y leer.

    1. Tus comentarios me ayudan siempre. Tu tranquilo. Sé que a la historia le falta algo. Había pensado en seguir continuándola. Quién sabe…
      Gracias por opinar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.