PULCRITUD Y ORDEN

Pulcritud y ordenParece que últimamente se me pasa el tiempo casi sin darme cuenta. ¿Podéis creer que pensaba que la semana pasada había hecho una entrada? Y hoy, revisando las fechas…me he dado cuenta que no. Como una cabra. Llevo un despiste encima casi tan grande como el constipado y las anginas. Pero esta semana os lo voy a compensar…o eso espero…con un relato que os hará estremecer. Esta vez con un reto de mi chico, que ya hace tiempo que me lo pidió, pero lo iba aplazando a cada rato. Es que me lo ha puesto difícil. Me dio un ristra de palabras a utilizar en un relato de no más de 600. No he podido conseguirlo. Me ha faltado utilizar la palabra “tronchamulas” y me sobran 40 palabras. Aún así… ¡disfrutad de esta pulcritud y orden!

 

Jahn Varofakis era un chico normal. Al menos todo lo normal que se podía ser viviendo en un pueblo de 200 habitantes, donde la endogamia y el miedo a lo divino hacían mella en todos. Un chico normal, cejudo, moreno pelo ensortijado y profundos ojos azules. El perfecto candidato a presidente de la asamblea, si no fuese por los floripondios que tenía en la cabeza. Era pastor y adoraba a los animales. Esencialmente el chico perfecto, si no fuese por un gran defecto: su obsesión por la pulcritud y el orden.

Su garaje, donde guardaba herramientas de todo tipo, parecía un museo. Cada pieza en un sitio. Todo ordenado en estantes por letras, sin escaparse nada. Y, en la pared del fondo, cubriéndola por completo, decenas de estantes, todos ellos con cajitas numeradas. Todo era impecable.

Desde la A de Acueducto, pasando por la B de Boomerang y la gran maqueta de un catamarán que tenía en el estante de la C; todo estaba ordenado. Lo tenía al milímetro. Y era por ello que nadie del pueblo se acercaba a él. Su pulcritud los ponía enfermos. Y no por eso precisamente, sino por la macabra idea que Jahn conservaba de este concepto.

Ese día había sido productivo. Sus ovejas habían sido buenas, habían comido bien y habían dado buena leche. Hoy haría un queso estupendo. Dejó una pesada bolsa de cartón en la mesa del centro del garaje. El establo hoy estaba más sucio de lo normal. De modo que, después de la limpieza de todos los excrementos, había tenido que darse un capricho. Ahora ya se sentía mejor, pero necesitaba una ducha urgente. La bolsa de cartón empezó a supurar un liquidillo pegajoso, casi negro. ¡No debía olvidarse de guardar el material!

Antes de subir a bañarse guardó el chorizo leonés y la chistorra que había traído para la merienda. Con ellos esperaba poder hacerse un panini con el queso que le sobró del día anterior y el pan recién horneado de la Señora Clotilde. Pero, justo al levantar la bolsa, la pesada carga, que mojaba sin cuidado el fondo, se desparramó por toda la mesa. Se puso hecho una furia. ¡Debía mantener la sala impoluta! Se puso a fregar.

La malsana obsesión por la limpieza le venía de su madre. Pues lo obligaba a mantenerlo todo impecable y lo castigaba si una mota de polvo se le escapaba. Había recibido palizas por no limpiar la habitación. Tenía cortes en manos y brazos por olvidar recoger los cuchillos de la encimera. Y había sufrido varias intoxicaciones por beber lejía rebajada con agua que su madre dejaba en vasos de cristal para limpiar.

Tras limpiar el estropicio y dejar el material en una bandeja, suspiró con alivio. ¡Ahora tocaba la clasificación! Cogió un bisturí, su herramienta favorita, y comenzó a cortar la carne, que cedió con un crujidito. Este corderito es taaan tierno-pensó mientras la sangre le bañaba las manos. El animalito había sido muy malo. Le había plantado cara, le había ensuciado la camita que le había preparado y lo pagó con su vida. Era la única forma de que los animales aprendiesen. Él los quería y los cuidaba. ¿Por qué nadie podía entenderlo?

Los ojos salieron fácilmente con un ¡pop! Como cuando vacías un caracol para comértelo. Odiaba a esos asquerosos invertebrados. Cogió la cajita 625 de la estantería del fondo. La tapa saltó fácilmente con un débil vaho avinagrado, donde reposaban la otra decena de ojos que había tenido que guardar. ¡Que malas son mis ovejas a veces! Cogió los globos oculares con cariño y primor, guardándolos en el recipiente. Luego fue el turno de la lengua, y más tarde del corazón, la vejiga y los pulmones.

¡Todo pulcro y ordenado! Algún día conseguiría a una persona para clasificarla. ¡Tenía que hacerlo! Las personas son tan malas…

Ainhoa Pastor Sempere

Muchas gracias por estar ahí y nos vemos en las sombras.
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6 reflexiones sobre “PULCRITUD Y ORDEN

    1. Jajajaja. Si, un poco solo. Ya de por si soy una persona ordenada…pero se me ocurrió esto tras comprobar la obsesión de según qué personas por la limpieza y el orden.

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