TODO SUYO

Todo suyoLo había hecho todo. Absolutamente todo. Siempre se había esforzado por complacer a los demás, por ayudarlos. Tanto a sus amigos, como a su pareja y a su familia. Y aún así se sentía despreciada…y despreciable. Siempre estaba ahí para ofrecer su ayuda, hacer favores y siempre atendía a las necesidades de los que recurrían a ella. Pero…¿hacían los demás lo mismo por ella? ¡No! Por supuesto que no. Querían organizarle la vida. Según ellos con 26 años (al menos eso creían los que vivían a su alrededor) ya era hora de tener su propio piso, irse de casa, casarse y tener hijos. Esa era la estructura que debía seguir y si se salía de ella…pobrecita…su vida no sería completa. Al fin y al cabo todos a su alrededor seguían este esquema. O eso se creían ellos.

Nadie veía a la pareja que vivía sola y feliz, pero apenas tenían nada en común. O a la que compartían cosas pero estaban tan agobiados en deudas que su propia relación y su salud mental pendían de un hilo. No. Todos eran PERFECTOS, menos ella y sus decisiones. Debía largarse ya…crecer. Si supiesen lo que se escondía tras aquella infantil inocencia…

Se sentía rechazada y manipulada por sus seres queridos. Los que supuestamente la apoyaban. Y aquello no iba a terminar bien. Ella lo sabía. No era la primera vez que se veía en aquella situación y su reacción siempre había sido exagerada. La vida siempre le daba una cucharadita dulce…a cambio de un kilo de sal. Y la última vez el resultado fue nefasto.

No quería pensar en ello, pues sabía que si lo hacía acabaría cometiendo un error. Un error que lo cambiaría todo…o tal vez nada. Al fin y al cabo ya estaba acostumbrada a lidiar con ello. Su carácter, nervioso e impulsivo, la había llevado a cometer crímenes en tres ocasiones anteriores. Y con casi 200 años a sus espaldas…no se arrepentía de ninguno.

Era ya el tercer piso de alquiler que miraba por la zona. Todos tremendamente caros y/o destartalados. No quería marcharse. Pero sabía que si no lo hacía algo malo, terrible, ocurriría al fin. Siempre le había costado controlar sus impulsos destructivos. A veces se cebaba consigo misma, pero cuando lo hacía con los demás, era lo peor.

Su movil sonó insistentemente. Una llamada que le puso los pelos de punta.

— Tienes todas tus cosas ya recogidas. Las cajas, las maletas y los muebles. Cuando quieras pasas a por ellos.

La llamada final. El fin de aquella vida que durante los últimos 26 años había vivido relativamente feliz. Mandaría a alguien a por sus cosas, sería la única solución.

—Ven ya a por todo, que necesitamos la habitación libre cuanto antes. No te enfades, podremos seguir viéndonos todos los fines de semana. Puedes venir a comer y pasaremos nosotros a verte. Esa es la idea de que vayas creciendo y haciéndote mayor.

El único problema era que ellos mismos no sabían que ella no crecía. Nunca crecería. Los recuerdos que tenían de ella de pequeñas les habían sido impuestos. Y era el único secreto que nunca podría desvelar.

—Mandaré a alguien a por mis cosas.- susurró intentando sonar tranquila.

—No seas así. No te enfades. Ven tú y despídete. Así no se hacen las cosas.

—Es que tengo trabajo y no tengo tiempo.

—Media hora puedes perder para saludarnos. Hemos cuidado de ti toda la vida. Y te hemos apoyado desde siempre. Venga, ven.

El silencio se hizo. Se apoderó de todo. Su madre estaba implorandoselo. Estaba rogándole que fuese, como pidiendo un perdón que sabía que nunca recibiría. Y ella sabía que no podría negarse a ir. Y sabía que aquello no acabaría bien.

Se marchó. Sin decir nada a nadie. Sin despedirse. Dejándolo todo atrás. Como siempre. La última vez los mató a todos. Descuartizó a veinte personas que no tenían culpa de nada. Y no quería volver a cometer aquel error. Parecía que hacerse mayor implicaba madurar. Y tras doscientos años de errores, ya era hora de empezar una nueva etapa.

Sus cajas, sus muebles y sus maletas nunca salieron de su antigua casa Se quedaron como rescoldos de su antigua vida. Y sus padres, destrozados por su desaparición, acabaron suicidándose. Pensaron que la culpa de que se hubiese desvanecido era suya. Y en cierto modo lo era. Pero aquello no era lo que ella pretendía. Hiciese lo que hiciese, los que la rodeaban siempre acababan mal. Parecía que estaba castigada a ser perseguida por la muerte eternamente.

Ainhoa Pastor Sempere

Muchas gracias por estar ahí y nos vemos en las sombras.
¡Suscríbete para recibir todas las novedades!
(Si queréis incluirlo en algún lugar o extracto, por favor, citad el blog y autora original)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.